viernes, 18 de abril de 2014

A estrenar

Camino, siento los pies a cada paso. No se a dónde estoy yendo pero tengo un objetivo: perderme ordenadamente por esta ciudad llena de historia. Levanto la vista para ver lo que este rinconcito de Europa me ofrece. Una fuente de agua en una esquina espera mi visita, me asomo y veo las monedas en el fondo, producto de deseos ajenos, pienso en los míos, descarto el pensamiento. Sigo sin ir a ningún lado, yendo a todos. Camino más y más. Respiro, eso es importante, aunque es algo automático en este momento respiro con mayor consciencia, con ganas de vivir. El aire llena mis pulmones, doblo en una esquina, llego a una plaza, visualizo una iglesia. A pesar de mi ateísmo quiero entrar, por motivos culturales quizá, igual más que un motivo lo que siento es un impulso. Entro, automáticamente me consume la insignificancia del ser, me siento en un banco al fondo de la iglesia casi vacía, tan solo diez o quince personas. Pienso, no lo puedo evitar, sigo pensando ¿En qué? en mi cotidianeidad, en aquello que no debo olvidar hacer, pienso en mi, intento mirarme desde afuera para conseguir una vez más toparme contra la pared de la subjetividad. Pienso en lo que quiero, pienso en mis proyectos a futuro. El futuro, que abismal tema de pensamiento, una vez agarrado ese sendero estoy largos períodos de tiempo consumida en el. Consumida en las fantasías, las ilusiones, los deseos, las cosas inconclusas, el miedo. Siento el miedo, se me encorva un poco la espalda, se me contrae la boca del estómago y mi pecho se comprime lenta pero despiadadamente. Miro para arriba intentando concentrarme en el techo dedicado en su totalidad a los ángeles. Intento desesperadamente deformar el miedo, llegar a su esencia, desnudarlo por completo y hacerlo mío. Intento transformarlo en esperanza, en confianza y amor. Intento, sigo intentando. Abruma. Pasan los minutos y por fin mi mente encuentra una meseta, logro atenuar la oscuridad. Quizás es una ilusión pero siento como se abre un nuevo espacio en mi, sí, probablemente este alucinando. Me gusta, el lugar, es amplio y cálido. Se para qué está, yo lo pedí. Me gustaría verlo lleno, lleno de eso que necesito, eso que busco en las calles frías de esta ciudad ajena. Eso que busco en mis calles, en mis rincones, que ahora están a tantos kilómetros de distancia. 
Ya se donde encontrarlo, por algún motivo esa información apareció en mi cabeza "Ahí donde no esperas, ya lo encontraste, va hacia ti" Paciencia. Esperanza. Melancolía. Despedidas. Nuevos comienzos.
Me levanto del banco, me dirijo a la salida, me doy vuelta para ver la escultura del hombre crucificado y sonrío al ritmo del pensamiento "Para renacer es necesario dejarse morir"
Paseo por las calles, sabiendo que mi nuevo espacio espera algo, algo que esta llegando.

jueves, 17 de abril de 2014

Ya está, lo dije, ganaste.

Escribo para descargar, para descomprimir, para respirar por lo menos unas bocanadas de aire fresco. Escribo para aclararme, para transformar la angustia en algo concreto, algo visible. Escribo para que quede documentado en algún lado este momento de transición: el cambio más consciente que experimenté en mis escasos (pero suficientemente largos) otoños ¿Por qué otoños y no primaveras como suele decirse? El otoño es renovación, el otoño es dejar ir, desprenderse, quedarse desnudo para luego conseguir una nueva vestimenta más acorde a la siguiente temporada.
Qué valor se requiere para poder vivir en el cambio, para no aferrarse, para aprender a soltar o mejor dicho a no poseer. Como el árbol, al cual personifico e imagino como un ser cognitivo. El árbol sabe que sus hojas se irán en algún momento y sin embargo sigue siendo árbol, sigue en pie.
Hoy sorprendentemente me vendría bien un consejo de mi ex pareja, hoy lo entiendo mejor que nunca, hoy valoro aquello de lo que fue capaz, hoy siento más admiración de la que pude haber sentido jamás. Dejar todo sin importar cuanto dolor implique, mirar atrás y deshacerse de aquello que durante un tiempo fue la felicidad en su máxima expresión pero que hoy es un simple destello de aquel despampanante recuerdo. Aprender a respetarse, a ser congruente: sentir, pensar y hacer siendo fiel a lo que uno es. Hoy me enfrento al dilema del vaso medio lleno, se que si no lo vacío del todo ningún otro contenido podrá ocupar el recipiente, pero qué miedo verlo completamente vacío. Qué miedo me genera poner la cuenta en cero. Desprenderme de mis metas, de los recuerdos, del tiempo. Creo que lo más difícil de superar es el tiempo, nada ni nadie podrá devolvertelo y mucho menos borrar todo lo acontecido durante el período en cuestión. A veces son años, otras veces tan solo meses. No me malinterpreten, no solo me refiero a cantidad sino también a intensidad. La intensidad de lo vivido, la experiencia personal, el cambio acontecido, los momentos compartidos. Las caricias apasionadas, la profundidad de sus ojos, el calor de su pecho, su respiración pesada, sus brazos envolventes. Texturas, olores, gustos, tantas cosas por abandonar. Tantas otras por descubrir.
Tener miedo a necesitar algo y que no me lo den, una carga que tal vez vengo trayendo desde la niñez. Una creencia que se reafirma a medida que hago oídos sordos, una nena que llora y pide atención, una adulta que padece un enredo mental y emocional que solo puede solucionarse haciendo elecciones conscientes. Se lo que quiero, solo tengo que animarme a tenerlo.
¿Qué más amoroso que conocer las debilidades del otro y aún así respetarlas en lugar de aventajarse?
Cuando probas esa mezcla embriagadora de amistad y deseo ya nunca vas a querer conformarte con sus componentes por separado, es la cima de montaña, aquel lugar desde el cual ves todo con más claridad, en el que estas más conectado con lo humano. El deseo, tan carnal y animal unificado armónicamente con la mejor cualidad del hombre: la capacidad de amar, de amar tanto como sea posible, de amar al otro y amarse uno mismo. Y con amar no me refiero al amor de hollywood, me refiero al amor en término de respeto cariñoso hacia la persona con la que estas compartiendo un momento. Esta es la esencia de un encuentro, de un verdadero encuentro. Y después de encontrarte, de encontrar a otro ¿qué te hace creer que va a ser fácil renunciar a eso? No lo es, pero definitivamente, no son situaciones únicas en la vida. Tenemos la tendencia (o por lo menos yo) a creer que un paisaje es el más hermoso que existe hasta que de repente aparece otro, que es más completo, que es muy bueno también, solo que diferente. Pero aún así, más alla de la belleza potencial del nuevo paisaje, la sensación de esplendor del anterior sigue ahí, palpitante. Me cuesta atreverme a mirar nuevos paisajes, quizá por miedo o desesperanza, pero claro está que siempre va a haber algo más, algo no "más lindo" sino distinto, innovador, algo que se adecue mejor a mis necesidades.
El futuro vacía el presente de sentido. Voy a dejar de posponer mis necesidades emocionales, voy a validarlas como cualquier otra necesidad de mi organismo. La seducción forma parte de los placeres de la vida ¿y por qué no seducirme a mi misma? ¿por qué no animarme a redescubrir determinados aspectos de mi vida?

Lamento si les resultó demasiado catártico, he aquí una cita que encontré perdida en un viejo cuaderno a modo de discupa/explicación "La esencia del lenguaje se restringe a la creatividad espiritual del individuo"