jueves, 14 de agosto de 2014

Budín de limón.

Estaba con Julieta, una de las pocas personas que considero mi amiga, merendando en uno de esos lugares chic estilo Palermo. Fue durante uno de mis días desganados, cuando aplastada por la melancolía me senté frente a ella en la mesa del lugar y empecé a leer el menú.
- Ojalá haya budín de limón, siempre que vengo me dicen que no les queda. 
Juli tiene un tema con la disponibilidad del budín de limón, siempre que ella quiere pedir, sea en el lugar que sea, no hay. El mozo se acerca, pedimos y le comenta que solo queda media porción de budín de limón y ella, gratamente sorprendida y con su mejor sonrisa en la cara, le pide que complete la otra media porción con budín de naranja. Peor es nada.
Nos ponemos al día, contamos anécdotas de nuestros amoríos adolescentes, comentarios sobre alguna que otra situación puntual que haya pasado durante la semana que no nos vimos. Le cuento que está confirmada mi mudanza, que voy a extrañar mi casa pero que estoy muy contenta. Me cuenta que le gusta el chico con el que sale, que parece que va en serio la cosa, que no lo quiere perder. Le cuento sobre una relación reciente, que está por terminar. Confieso que se me vienen muchas cosas encima, que siento una mezcla homogénea de temor y expectativa.
Vuelve, el mozo, con media porción de budín de limón y media de naranja, con mis tostadas y dos aguas sin gas. Entre comentario y comentario Juli separa cada porción de budín y arranca con una, la come distraída mientras charlamos sobre nuestros respectivos vínculos y las cosas que creemos que van a pasar. Sobre nuestros temores, nuestros deseos, nuestros enojos, nuestras expectativas. Le pregunto si le gusta el budín y me dice que si, que se esta comiendo primero el de naranja para después terminar con el tan deseado budín de limón. Le digo cosas no muy novedosas, como que voy a extrañar mucho de lo que se está por terminar. Surgen reflexiones medio de ensueño que invitan a saber apreciar lo que tenemos, a aceptar que las cosas empiezan y terminan, que siempre aparecen nuevas situaciones mejores y peores, que los cambios bien aprovechados siempre impulsan al crecimiento y otras inyecciones de esperanza del estilo. Termina la primer porción de budín y arranca con la otra.
- ¡Agh, está horrible esto! Me parece que este es el de naranja, no el otro. Uy me quiero morir, que boluda, me comí el de limón sin disfrutarlo.

Todo el tiempo pensamos que estamos comiendo el budín de naranja, que lo mejor todavía no llegó, que está por venir. Nos distraemos pasando el presente con superficialidad, esperando que llegue aquello que deseamos, que nos motiva a seguir adelante y nos alimenta las ilusiones de felicidad. Una felicidad completamente fantasiosa, alejada de la realidad, que opaca a la verdadera felicidad que según mi pobre e inexperta opinión es poder estar acá, con todo lo que nos pasa, disfrutando lo "bueno" y aceptando lo "malo". Qué equivocados estamos, si tan solo pudiéramos ver a tiempo que lo que nos esta pasando ahora, con sus pro y sus contra no es el de naranja ¡es el budín de limón! nos permitiríamos saborearlo, disfrutarlo con mayor conciencia, con todas las papilas gustativas, masticarlo con mas ganas.
Éste, el día de hoy, este segundo, es tu budín de limón, asique disfrutalo, porque cuando llegues a viejo y estés postrado en una cama te vas a acordar de ese momento en que viste la porción entera, te vas a acordar de cuando te quedaba media, de cada bocado desaprovechado y cada sabor pasado por alto. No esperes al último bocado para disfrutarlo verdaderamente.
La vida es eso, un efímero bocado de un budín de limón. Nos enceguecemos, nos hacemos creer que es de naranja cuando es de limón, la felicidad siempre estuvo y vos, víctima del acecho de las preocupaciones banales, no supiste reconocer y tampoco aprovechar.