domingo, 23 de febrero de 2014

Poca paciencia para los trámites

Ayer se me cruzó por la cabeza la idea de que para dejar un hábito o algo que supuestamente tiene importancia en nuestras vidas deberíamos probar lo mejor disponible y después adoptar una postura al respecto. No termino de decidir si me parece una idiotez atómica o si tiene algo de sentido. Todo esto viene a colación debido a que encontré una persona que me interesa y me demostró algo realmente valioso. Entre idas y vueltas llegué a la conclusión de que ya no puedo llevar el mismo ritmo que antes. No por una cuestión de arreglo con esa persona, sino porque no lo siento tan natural como lo sentía hace unos meses. Ya no siento el deseo de estar con cualquier persona a menos que este segura de que eso va a ser un encuentro, en el sentido literal de la palabra. Creo que me hizo ver que algo había cambiado en mi, un destello de luz al final del túnel. No, no me enamoré, sólo me di cuenta de que ya es hora de empezar a tomarme a la gente (y a mí) un poco más en serio. Como buena controladora que soy, di mil vueltas sobre los cambios que experimenté estos últimos meses en mi forma de relacionarme con los hombres y sus consecuencias en mi vida actual, lo que me llevo a vivir lo que denomine "The Last Show"
Llega el sábado a la noche, luego de un viernes realmente complaciente decido salir con algunas amigas. Nos juntamos con un grupo de gente del que forma parte el chico que le interesa a una de ellas, todos entre 19 y 22 años que, para decir verdad, eran números bastante generosos para el espectáculo que atestigüé. Tengo un alto nivel de intolerancia hacia la falsedad con que las personas suelen relacionarse y más aún cuando están en grupo. Para que se den una idea, la conclusión que saqué de esa reunión fue: "esto es un zoológico". Creo que vine fallada, me gustaría que me indemnicen por la cantidad cosas que me perdí debido a lo trucha que soy como adolescente. O quizá debería estar eternamente agradecida (lo estoy). Bueno el tema es que nos fuimos temprano del lugar y como no teníamos nada mejor que hacer, cada una volvió a su casa. En mi cabeza estas últimas semanas había tenido lugar un personaje de mis épocas más ligeras, un veinteañero grandote y carilindo con el que me había encontrado tan solo una vez. Realmente era lo mejor, por lo menos en mi recuerdo (cabe aclarar que estaba en lo correcto). Como los sábados a la noche estoy más expuesta a la experimentación, no tuve mejor idea que comprobar la teoría que cité al principio del texto. Mensaje va, mensaje viene. Al rato me encontraba a punto de comprobar si aquello que creía era cierto, si después de haber vivido lo que creía como "mejor" seguía eligiendo no volver a vivirlo. En este caso, la teoría funcionó perfectamente. Con respeto hacia mí y mis elecciones, con cariño y falsa nostalgia me retiro por tiempo indefinido de ese tipo de encuentro enfermizo que tiene como objetivo llenar vacíos (a veces me asombra la perfección con la que "llenar vacios" hace referencia a lo que pienso).
Fue un trámite más, el último.

martes, 11 de febrero de 2014

Estaciones

Me quedé semi dormida durante unos minutos esta tarde cuando intentaba relajarme al terminar mi clase de yoga. No tenía tiempo para hacer una siesta por lo que mi cabeza comenzó a luchar contra el cansancio.
En ese estado de consciencia medio obnubilada, me encontré a mí misma en una terminal subterránea, pasaban miles de trenes y personas. Yo dudaba, no sabía a cuál subir ni en qué dirección. En un abrir y cerrar de ojos estaba arriba de un tren con otras personas que estaban completamente ensimismadas, el tren iba relativamente rápido y yo desesperaba por llegar a leer el nombre de las estaciones. Tenía que llegar a una estación puntual, esa información se encontraba grabada en mí pero de a ratos huía de mi consciencia. Lo curioso, viéndolo en retrospectiva, es que las estaciones no eran lugares sino que eran años. Pasaban desordenadamente, las personas se iban bajando en el año que les correspondía, parecía que todos teníamos un número asignado. Vi pasar muchos años tratando de reconocer cuál era el mío 1878, 2011, 1790, 2132, 1420. Decenas de números se sucedían interminablemente, esperé y repentinamente sentí un impulso incontrolable que me empujó fuera del vagón. 1996. Ese es el año de mi nacimiento, mil novecientos noventa y seis.
Este "sueño" duró tan sólo unos minutos, no más de cinco. Tengo la sensación de que no fue simplemente un sueño, yo ya estuve en ese lugar, ya sentí ese impulso, ya me bajé en la estación desconocida y ya me enfrenté a ese "nuevo mundo" que allí me aguardaba.
Hoy casi 18 años después mi atención es captada por la intrascendencia del tiempo, la belleza de lo atemporal, la insignificancia de la muerte, la desaparición de las pulsiones como determinante, la eternidad del alma. Siempre que deseemos va a haber una nueva terminal, con nuevos trenes, nuevos (o  ya conocidos) pasajeros, nuevas estaciones y nuevos aprendizajes.