Cuando hay algo que no queres ni pensar, algo que te perturba e incomoda por el simple hecho de existir como posibilidad, creo que es porque hay algo ahí que estaría bueno revisar. Hoy escribo para acomodarme, para brindarme un espacio conocido de reflexión y por qué negarlo, escribo como un desesperado intento de clarificación. Ya no intento solucionar con las palabras, pero no niego que hay un lugarcito en el que me hacen sentir cierta paz. Hasta hace poco tenía la certeza irreductible de que no quería algo, estaba tan segura que daba miedo. Empecé a dudar, no quería dudar. Vi cosas mías que están rígidas, que están funcionando mal, no quería funcionar mal. Sentí miedo a haberme equivocado, no quiero haberme equivocado.
Quiero y no quiero muchas cosas, pero eso no es lo importante. Querer y no querer me llevó a lugares de mi cabeza que tiraron fuerte del cable que me conectaba conmigo misma y dejaron tan solo un triste camino de tierra en donde debería haber una autopista. Me dividí y enrosqué con mil pensamientos que no llevaron a ningún lado.
Tarde pero seguro, allá a lo lejos andando despacito por la calle de tierra venía la claridad. Si, tenía razón en algunas de las cosas que había pensado. No, no pude ver en su momento lo amenazada que me sentí y los pocos recursos que tuve para afrontar la situación. Si, hoy veo un par de matices más. No, no tengo seguridad alguna de no estar equivocándome de nuevo.
En fin, hoy intento conectarme, ver mis puntos débiles y romper viejos modelos de funcionamiento. Intento encontrar mi forma de ser mujer, de permitirme ser cuidada, de compartir. Busco dentro de todos los posibles modelos algo propio, una extracción de pequeñas cosas de cada uno que me hagan sentir más yo.
Voy a intentar asfaltar la calle de tierra, iluminarla y hacerla transitable. Y si, supongo que es inevitable que hayan peajes.