viernes, 4 de noviembre de 2016

Santiago

 A mi bisabuelo de parte materna, Santiago, lo pisó un tren cuando tenía cuarenta y tres años. Me acuerdo esa tarde que sentados en el patio mi abuela me contó sobre el accidente y sobre algunos antepasados que nunca había escuchado nombrar. De esa tarde pasaron más años de los que puedo contar.
 Salí de bañarme pensando en eso, de vez en cuando Santiago aparecía en mi cabeza. Agarré la ropa que estaba tirada en la cama y me vestí, pensé en la horrible noche que había pasado, otra de las tantas. Renuncié a mi trabajo hace dos semanas y desde ese momento no hice más que leer casos policiales en internet y fumar tabaco armado. Me senté en el sillón verde que está enfrente de la ventana y abrí la computadora. Nina suspiraba y roncaba despacio del otro lado del sillón. Los lugares ya estaban asignados, yo me sentaba siempre del lado derecho del sillón y ella estiraba sus cuatro patas del lado izquierdo. Ya hacía mucho tiempo que éramos nosotros dos.
 Me dijo que lo pisó un tren, así, como si me estuviera contado que hay lasagna para cenar o que se mudó un vecino nuevo a la casa de al lado. Quizás el tiempo tiene ese efecto anestésico sobre todo y todos por igual. Me acuerdo que le pedí que me cuente más del accidente. “Santiaguito estaba medio sordo, tenía un problema en el tímpano de un oído creo. Estaba yendo a cobrarle a unos clientes del otro lado de Yrigoyen y cuando cruzó la vía, pum, lo atropelló el tren. Ni lo escuchó el pobre”
 A mi hija no la veía hace 5 años y medio, dejó de hablarme en ese entonces y hacía algunos años que vivía en Canadá. Me mandó un mail hace dos meses. Le diagnosticaron cáncer de mama, eso decía. Me quedé helado. También leí que seguía enojada, que no me había perdonado, pero que quería verme antes de que la operen. Avisé en el hospital que iba a ausentarme por motivos personales y me subí al primer avión que pude. Cuando llegué y la vi, supe que el pasado seguía intacto.
 No pude manejar la tristeza ni la ansiedad. La miraba y veía a su mamá. Estuve con ella los días anteriores a la operación, yo tenía el corazón en la garganta, no hubiera podido soportar que le pase algo a ella también. Cuando llegó el día, le recé hasta a los santos en los que no creía. Por suerte no hubieron complicaciones, salió todo bien y de a poco se fue recuperando. No me hablaba a menos que fuese indispensable. A los pocos días de su alta me pidió que me vuelva a Buenos Aires, se ve que algunas heridas todavía no le habían cicatrizado.
 Volví de Canadá. Me recibieron las pálidas luces del pasillo, los tubos de oxígeno y el empapelado con rombos grises de la sala de espera. El aire estaba más frío que de costumbre. La vida tiene esos momentos que te ponen en una encrucijada, de golpe sentí que había una bifurcación en la cual tenía que elegir si agarrar un camino u otro. No pude seguir eligiendo lo mismo. Que la vocación es servicio, no me cabe la menor duda pero ¿servicio para quién? Nunca pude responder a eso sin sentir una punzada en el pecho.
 Es que cuando vi a mi hija toda vendada en la camilla, sin hablarme, me di cuenta lo vacías que habían sido todas mis decisiones. Sentí que tenía que elegir algo distinto, como si eso pudiera cambiar algo de todo lo que pasó. 
 Opté por renunciar al hospital, borrar mi presencia del único lugar en el que era genuinamente requerido. No aguanté más estar en ese lugar que había succionado mis años de juventud y que noche a noche, minuto tras minuto fue desgarrando mi familia hasta hacerla desaparecer. Porque para mi desde hacía algunos años, el servicio estaba teñido de tristeza y resentimiento.
 Un 3 de Julio como hoy, hace seis años, mi esposa se iba. Porque no la escuché, no escuché su tristeza en cada noche de soledad, no escuche sus pedidos de atención ni su depresión galopante. No la escuche cuando sentada en nuestra cama matrimonial, su cama en realidad, se pegó un tiro en la sien. Y no escuché el llanto de mi hija que esa madrugada tuvo el peso muerto de su mamá entre los brazos.
 Un 3 de Julio como hoy, hace seis años, la vida me ponía a cruzar Yrigoyen y mientras caminaba entre las vías, sin siquiera escucharlo, un tren a toda marcha se llevaba puesta mi existencia.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Mala señal.

A veces me da miedo, me da miedo lo que pueda llegar a salir de adentro mío. Tengo la desconfianza como alarma, un microinstante de precaución. Es un miedo casi primitivo, irracional.
Porque resistirme a mi misma es un habito aprendido, ya hace un tiempo vengo tratando de desecharlo. Creo que en algún momento habrá sido útil pero ahora estoy abierta a ver, a darme cuenta, a registrar lo que me pasa y aceptarlo.
Y como tengo el mecanismo tan armado, a veces ni me doy cuenta que lo prendo.
Y otras se que esta andando y sin embargo no lo puedo apagar.
Es como si una fuerza bloqueadora se prendiera adentro mío cada vez que intento ponerme en contacto con emociones de las que en algún momento necesite protegerme. Hoy quiero sacar la cortina de humo y ver a través.
Se que hay algo que estoy distorsionando, algo que estoy deformando y bloqueando. Se que tengo motivos para hacerlo, pero me siento abierta. Siento que puedo con eso y sin embargo no logro escucharme. Solo está el ruido, el ruido del desorden, de la rareza, de decir algo y creer que en un lugar es cierto pero en otro no. Tengo interferencias en la comunicación conmigo misma. Porque a veces pasa, tenemos mala señal. Necesito volver a conectar y conseguir un poco de claridad.
Creo que debe ser más simple de lo que pienso, es porque justamente mi espiral mental va tan lejos cuando hay desorden que pierdo el criterio para diferenciar mi verdad del ruido.
Y tengo esa sensación, muy sutil, de que se lo que me pasa.
Y no se si no se lo quiero decir a mi cabeza o a mi corazón.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Escribiendo desde esquinas

Estoy sentada en una esquina. El sol me quema la piel mientras espero que me traigan el desayuno. Alguien que ya no soy le quiere escribir a alguien que ya no está y que quizás nunca estuvo. Si serán escurridizos el tiempo y el espacio, van muy rápido. Creo que el ser humano es como un modelo viejo de computadora, de esas todas destartaladas que intentan procesar cantidades enormes de información y se traban a cada rato.
Y acá estoy, con la pantalla en blanco, intentado procesar algo de otra temporada. Es que siento que si no proceso esa información no voy a poder procesar nada nuevo, no voy a dejar que entre nada más. Pero bueno, el destiempo y los compromisos tienen sus razones. La balanza pesa más de un lado que del otro.
Este desdoblamiento interno, yo de ahora y yo del pasado, chocan y negocian. Se sacan partes, se miran con lupa, intentan convivir en un mismo espacio, intentan entenderse y aceptar que ambas existen. Es como una lucha entre el tiempo y el no tiempo. Entre un incesante presente y el caprichoso pasado.
A veces en la falsa tristeza de sentirme sola, me olvido que soy yo. Me olvido que soy muchas, muchas yo en muchos planos simultáneos de tiempo-espacio. Y miro hacia afuera desde alguna de mis partes, desde alguna de mis esquinas. Algunas se sienten solas, otras no.
Es tiempo para mi, para estar con todas mis yo.
Y cuando estoy sola, cuando estoy conmigo, la vida es amena. La gente es simpática, el clima me acompaña, los planes se acomodan, las obligaciones se relajan y disfruto. Disfruto mis compañías.

domingo, 28 de agosto de 2016

De emociones y sus tratamientos.

Y hoy que me quiero vomitar a mi misma
sacarme de adentro para ver que me pasa
hacer palpable eso intenso e intangible
mirarlo con una lupa hasta hacer su desnudo vulgar
y ver asi lo insignificante de mi padecer
lo corto que es este capitulo en esta vida y este universo.