domingo, 29 de diciembre de 2013

Ser

Huellas en la arena, pisadas ajenas, desconocidas, únicas.
¿A quién pertenece esa pisada? ¿Cómo es esa persona? ¿Cuántos años tiene? ¿Es mujer o es hombre? ¿Es feliz o está triste? ¿Qué sentido tiene para esa persona estar vivo? ¿Ama a alguien? ¿Es un amor correspondido? ¿Tiene familia? ¿Trabaja más de lo que debería? ¿Es feliz con lo que hace? ¿Será algún conocido? ¿Le gusta leer? ¿Tiene hobbies? ¿Le gusta el chocolate? ¿Va al cine con regularidad? ¿Es un gran fanático del capitalismo o en cierta medida lo rechaza? ¿Qué postura tiene sobre la política? ¿Qué piensa del ministro de economía? ¿Le tiene miedo al futuro? ¿Teme a la muerte o la ansía? ¿Qué observaba mientras caminaba por aquella playa? ¿Dónde estaba centrada su atención al dar esos pasos? ¿Estaba pensando en algo? ¿Tiene preocupaciones? ¿Qué sentía mientras sus dedos y la planta de sus pies se imprimían en la arena fría?
Millones de preguntas sin respuestas. Pasos que se imprimen en la superficie, pasos que demuestran ser la única prueba de la existencia de aquella persona completamente desconocida e inexistente en mi visión del mundo.
Millones de personas desconocidas, conocidas, similares a mi, distintas a mi, adultos, pequeños, mujeres, hombres.
Millones de historias únicas, puntos de vista particulares, encuadres personales sobre la vida y el mundo, otras películas probablemente muy diferentes a la mía. Qué egoísta la subjetividad de la vida humana, tiene su belleza aunque quizá de vez en cuando me gustaría cambiar de proyección.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Silencio

Que triste esa sensación de que jamás las palabras van a poder expresar aquello que vivimos, aquello que sabemos o eso con lo que soñamos. La racionalidad se ve tremendamente opacada por los sentidos, se que no voy a poder decir todo lo que pienso, se que faltan palabras para que aquello que quiero transmitir adquiera su verdadero significado, pero no puedo. No puedo resignarme a no pensar, a no matarme tratando de expresar correctamente el mundo que me rodea, tengo la cabeza muy entrenada, todo debe ser procesado por el filtro de la mente. Eso me da seguridad. Mi mente es terreno conocido, se que domino todo lo que se encuentra en ella, se que jamás algo va a pasar desapercibido y quizá eso es lo que necesito. No pensar, si tan solo fuera un poco más sencillo el hecho de poder vivir sin que absolutamente todo sea interpretado por mi mente sería más feliz. No puedo describir lo que es la felicidad, no quiero reducirlo a una simple acumulación de letras, pero se que en algún momento la sentí. Sentí cuán maravilloso era poder callar mis pensamientos aunque sea un ratito. Necesito eso, pero no me sale, algo me traba. Necesito silencio, oscuridad, paz, pero solo obtengo más y más planteos. No hay límite para la mente, pero el cansancio es completamente agobiante. Hoy, sábado a las 3am, digo basta.

 "Overthinking is the 'art' of creating problems that weren't even there"

viernes, 27 de diciembre de 2013

93

93 años tenía mi bisabuela. Falleció anoche mientras dormía en su anticuada cama. No se mucho sobre ella a pesar de haber tenido 17 años para compartir juntas.
Fortuna enterró a sus dos hijos, siguió hasta el último de sus días cocinando, lavando y planchando. Su cabello blanco alborotado se erizaba cada vez que milagrosamente iba a visitarla.
"Qué grande que estás Abrilita ¿cuántos años tenes?" me preguntaba en esos pocos ratos que compartíamos
Me gustaría escribir más sobre ella, pero sería ficcionalizar demasiado los acontecimientos y aunque la realidad siempre tenga impresa algo de ficción, en este caso prefiero abstenerme.
Sin tristeza pero con melancolía, escribo para inmortalizar la gran fortaleza de esa mujer a la que quizá me hubiera gustado conocer un poco más. Casi un siglo de anécdotas y recuerdos perdidos, hechos cenizas.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Peatón

El caminaba con tanta soltura que me enamoré. Enfundado en un traje que parecía de muy buena calidad, el hombre de no más de 30 años daba pasos sutiles con su maletín en la mano derecha y los auriculares puestos. Lo vi de atrás, tan solo compartí media cuadra, pero pude leerlo a través de su cuerpo. La camisa clara entallada, combinada con un pantalón negro y zapatos en punta le otorgaban un aspecto serio, digno de respetar, pero lo que me llamó la atención fue la forma en que se deslizaba por la calle, como si todo fuera ajeno. Rozando pero no atravesando, adaptándose al ambiente y amoldándose al oxígeno que lo rodeaba. Sólo pude fantasear, nunca vi su cara.
Señor desconocido, espero que algún día la vida vuelva a cruzarnos, Abril.

Tic Tac Tic Tac

No me detengo a observar detalladamente el paso del tiempo, no soy plenamente consciente de que cada minuto que pasa el sol se va corriendo para darle paso a la luna en un loop eterno llamado 'el correr de los días'. Corren, corren, corren. Segundos, minutos, horas, días, meses, años. No me paro en el medio de la calle y me fijo donde esta el sol, si hay una nube cubriéndolo o si brilla en su máximo esplendor. No me detengo a ver la luna aparecer y desaparecer. No me detengo a vivir el paso del tiempo. Nunca freno, excepto en los finales.
El atardecer, esa última exhalación con el sol frente a mis ojos perdiéndose en la inmensidad del Mar Atlántico, esa despedida que pone en evidencia el correr de las horas y los días, esa pérdida que melancólicamente sucede una vez más. 
Que desesperante ver que algo se va para dar cuenta de su valor. Que agudo el dolor de la pérdida. 
Que agradable el minuto a minuto sentido, la consciencia que permite el disfrute, el presente. 
Sin apegos, sin rencores, tan sólo memorias me despido hoy, una vez más de mis creencias y más profundos deseos para vivir ahora esta situación que permite estar acá y no allá. Por algo será.




sábado, 21 de diciembre de 2013

Ritual

Llego a casa. El cielo oscuro amenaza con iluminarse, la cama desordenada, el maquillaje corrido, la ropa tirada.
Empieza el ritual.
Dejo la cartera. Tiro todo lo que esta sobre cama al piso. Acomodo la plata que me quedó en la billetera. Empiezo a desvestirme. Primero los zapatos. Agua, necesito agua. Voy a la cocina, agarro una botella. Hago una parada en el baño, me miro en el espejo y pienso en no pensar. Vuelvo a la habitación. El cielo me apura, está cada vez mas naranja. Me saco la remera, después las calzas. Ropa interior demasiado pretensiosa para una noche como esta. Se escuchan los pájaros. Cajón, pijama. Me arrepiento, lo tiro al piso. Me saco el corpiño. Tomo agua. Me tiro en la cama al ritmo de un suspiro. Trato de estirar un poco las sábanas. Miro al costado, vacío. El espejo de enfrente me recuerda que no me saqué el maquillaje. Se me va a correr todo, las sábanas son blancas, me va a hacer mal a la piel. Pero no quiero, no puedo. El ritual es muy preciso, rutinario, casi automático. Pienso: bue, me lo dejo puesto, total una noche qué me va a hacer. Pero la rutina me aplasta, se que no esta bien, se que el desmaquillante me espera en el mismo cajón de siempre. Se que haberme olvidado me da vida. Me pone en circulación. Interrumpe mi rutina, mi cotidianeidad. O quizá la consiente, la muy caprichosa es demasiado exigente como para poder ignorarla. Me levanto, voy al baño, abro el cajón y ahí están. Mirándome, burlándose de que ya es de día y yo sigo despierta.
Ya no espero que irrumpan mi rutina aquellas cosas que deseo.
Ya me estoy acostumbrando a la soledad.
Me voy a dormir sin pretensiones.
Viernes, 5:15 am.