Era una tarde lluviosa, de esas perfectas para acurrucarse en la cama sobre su pecho y observar con melancolía la ventana siendo atacada por las pequeñas gotas de agua.
Era una tarde perfecta para levantar la mirada y encontrar la inmensidad en sus pupilas, para escuchar la suave melodía de su corazón latiendo contra mi oreja.
Era una tarde perfecta para no pensar, para congelar el momento o en su defecto, guardarlo en mi memoria.
Era una tarde perfecta para uno de esos debates existenciales que tanto nos apasionan, para sumergirnos en nosotros, juntos, pero por separado.
Era una tarde perfecta para compartir con esa persona, esa persona que lamentablemente no estaba conmigo, y todo esto por ser lo suficientemente cagona como para no mandar ese 'Hola, te quiero ver' que tanto retumba en mis pensamientos. Una tarde perfecta para compartir de a dos, pero no con mi ego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario