Esa noche decide salir, recorre las calles de ese pequeño pueblo nostálgica como quien se despide de un conocido. Su vestido negro de espalda escotada resalta la textura de su piel y baila junto a la cálida brisa que acaricia suavemente su cuerpo. Luego de caminar a orillas de la costa, entra en un bar ubicado en una de las intrincadas calles cercanas al hotel donde se hospedaba. Pide un trago y se sienta en la barra situada en la terraza del bar, no conoce el idioma pero varios hombres se acercan a charlar con ella, como la mayoría de las personas tienen un buen manejo del inglés, la comunicación no es un obstáculo. Nada muy interesante, disfruta la música y el viento, mira hacia la entrada de la terraza donde aparece un hombre morocho, alto, de ojos intensos y remera roja que resalta su buen físico, digno de una publicidad de perfume. Lo observa e instantáneamente se siente atraída hacia ese hombre aunque sabe que quizá es apuntar demasiado alto para una noche como aquella. Discretamente lo seduce con su espalda escotada y su mirada, jugando entre la inocencia y la provocación. Cruzan miradas algunas veces y ella se distrae, sabe que el desinterés repentino le causará a este hombre una atracción aún mayor hacia ella. Siente su mirada clavada en su espalda, ardiendo de deseo contenido y al mismo tiempo de timidez. Minutos después el barman se acerca a ella con un trago 'cortesía del chico de remera roja', lo acepta con una sonrisa en sus labios rojos y gira hacia el muchacho quien observaba atentamente su reacción, ella realiza un gesto en forma de agradecimiento, el le sonríe cálidamente y cruza la barra hacia el otro extremo donde ella estaba ubicada. Una rápida introducción, el nativo de ese lugar, la chica del otro lado del continente. Tan lejos y tan cerca al mismo tiempo, como dos imanes determinados a encontrarse se funden en una profunda charla , no pueden controlar el deseo y ambos lo saben. La incertidumbre y ansiedad los sumerge en un océano de miradas. Saben que el bar es solo el comienzo. Caminan juntos de la mano fuera del lugar, recorren las calles del pueblo como en la fantasía de la joven, se miran, se acarician, se desean. Sin presiones ni racionalización de por medio, sabiendo que probablemente jamás vuelvan a verse, se entregan a sus deseos.
jueves, 24 de octubre de 2013
Noche de verano
Cerca de las costas del Mediterráneo una joven extranjera agobiada por la intensidad de haber pasado días enteros junto a su familia haciendo turismo busca relajarse, los paisajes lejanos la invitan a fantasear. Se imagina junto a esa tan deseada compañía, esa que aún no conoció pero que siempre reconoció como existente, esa que en contraste con sus antiguas compañías la hagan sentir mujer, esa con la cual haya una relación de respeto mutuo y admiración, esa que sólo existía en su cabeza. El mar turquesa parecía invitarla a sumergirse en un torbellino de emociones que provenían de otro lugar, de algún lugar desconocido pero que aún así sentía como propio. Era el anteúltimo tramo del viaje, después de allí partirían a una ciudad más moderna y ruidosa, la paz se quedaría en ese lugar y ella lo sabía. Tenía tan solo dos días para absorber de ese lugar la mayor cantidad de tranquilidad posible y así fue, se abrió a nuevas sensaciones durante el día, el abismo que sus ojos alcanzaban a vislumbrar sobre el mar le trasmitía confianza. Estaba donde tenía que estar.
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