Me quedé semi dormida durante unos minutos esta tarde cuando intentaba relajarme al terminar mi clase de yoga. No tenía tiempo para hacer una siesta por lo que mi cabeza comenzó a luchar contra el cansancio.
En ese estado de consciencia medio obnubilada, me encontré a mí misma en una terminal subterránea, pasaban miles de trenes y personas. Yo dudaba, no sabía a cuál subir ni en qué dirección. En un abrir y cerrar de ojos estaba arriba de un tren con otras personas que estaban completamente ensimismadas, el tren iba relativamente rápido y yo desesperaba por llegar a leer el nombre de las estaciones. Tenía que llegar a una estación puntual, esa información se encontraba grabada en mí pero de a ratos huía de mi consciencia. Lo curioso, viéndolo en retrospectiva, es que las estaciones no eran lugares sino que eran años. Pasaban desordenadamente, las personas se iban bajando en el año que les correspondía, parecía que todos teníamos un número asignado. Vi pasar muchos años tratando de reconocer cuál era el mío 1878, 2011, 1790, 2132, 1420. Decenas de números se sucedían interminablemente, esperé y repentinamente sentí un impulso incontrolable que me empujó fuera del vagón. 1996. Ese es el año de mi nacimiento, mil novecientos noventa y seis.
Este "sueño" duró tan sólo unos minutos, no más de cinco. Tengo la sensación de que no fue simplemente un sueño, yo ya estuve en ese lugar, ya sentí ese impulso, ya me bajé en la estación desconocida y ya me enfrenté a ese "nuevo mundo" que allí me aguardaba.
Hoy casi 18 años después mi atención es captada por la intrascendencia del tiempo, la belleza de lo atemporal, la insignificancia de la muerte, la desaparición de las pulsiones como determinante, la eternidad del alma. Siempre que deseemos va a haber una nueva terminal, con nuevos trenes, nuevos (o ya conocidos) pasajeros, nuevas estaciones y nuevos aprendizajes.
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