Ayer se me cruzó por la cabeza la idea de que para dejar un hábito o algo que supuestamente tiene importancia en nuestras vidas deberíamos probar lo mejor disponible y después adoptar una postura al respecto. No termino de decidir si me parece una idiotez atómica o si tiene algo de sentido. Todo esto viene a colación debido a que encontré una persona que me interesa y me demostró algo realmente valioso. Entre idas y vueltas llegué a la conclusión de que ya no puedo llevar el mismo ritmo que antes. No por una cuestión de arreglo con esa persona, sino porque no lo siento tan natural como lo sentía hace unos meses. Ya no siento el deseo de estar con cualquier persona a menos que este segura de que eso va a ser un encuentro, en el sentido literal de la palabra. Creo que me hizo ver que algo había cambiado en mi, un destello de luz al final del túnel. No, no me enamoré, sólo me di cuenta de que ya es hora de empezar a tomarme a la gente (y a mí) un poco más en serio. Como buena controladora que soy, di mil vueltas sobre los cambios que experimenté estos últimos meses en mi forma de relacionarme con los hombres y sus consecuencias en mi vida actual, lo que me llevo a vivir lo que denomine "The Last Show"
Llega el sábado a la noche, luego de un viernes realmente complaciente decido salir con algunas amigas. Nos juntamos con un grupo de gente del que forma parte el chico que le interesa a una de ellas, todos entre 19 y 22 años que, para decir verdad, eran números bastante generosos para el espectáculo que atestigüé. Tengo un alto nivel de intolerancia hacia la falsedad con que las personas suelen relacionarse y más aún cuando están en grupo. Para que se den una idea, la conclusión que saqué de esa reunión fue: "esto es un zoológico". Creo que vine fallada, me gustaría que me indemnicen por la cantidad cosas que me perdí debido a lo trucha que soy como adolescente. O quizá debería estar eternamente agradecida (lo estoy). Bueno el tema es que nos fuimos temprano del lugar y como no teníamos nada mejor que hacer, cada una volvió a su casa. En mi cabeza estas últimas semanas había tenido lugar un personaje de mis épocas más ligeras, un veinteañero grandote y carilindo con el que me había encontrado tan solo una vez. Realmente era lo mejor, por lo menos en mi recuerdo (cabe aclarar que estaba en lo correcto). Como los sábados a la noche estoy más expuesta a la experimentación, no tuve mejor idea que comprobar la teoría que cité al principio del texto. Mensaje va, mensaje viene. Al rato me encontraba a punto de comprobar si aquello que creía era cierto, si después de haber vivido lo que creía como "mejor" seguía eligiendo no volver a vivirlo. En este caso, la teoría funcionó perfectamente. Con respeto hacia mí y mis elecciones, con cariño y falsa nostalgia me retiro por tiempo indefinido de ese tipo de encuentro enfermizo que tiene como objetivo llenar vacíos (a veces me asombra la perfección con la que "llenar vacios" hace referencia a lo que pienso).
Fue un trámite más, el último.
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