Luna es una linda piba, con sus 19 años recién cumplidos anda por la vida como quien cree que es inmune a la desdicha. Y sí, uno a esa edad cree que no le va a pasar nada, como si todo lo que escucha en las noticias ocurriera en un planeta muy distante a la cálida vida que conoce. Nunca se preocupó mucho por nada Luna, tiene una vida acomodada, convive con el amorío más reciente de su madre y es la más chica de 3 hermanos. Consentida, polvorita, camina como si no se percatara del roce con el oxígeno, como subestimando que esa sustancia es de vital importancia para su existencia. Vivía pero no vivía, no frenaba a ver qué le pasaba, ni siquiera frenaba a escucharse a la hora de decidir qué quería. Pero hay cosas que son evidentes, una piba de 19 años tiene que querer coger. Como buena seguidora de los mandatos sociales, Luna empezó su vida sexual de pendeja, algo así como a los 17 años. Arrancó cogiendo con un chico que le gustaba, pero cuando le agarró la mano empezó a querer experimentar un poco más. Extasiada por la caricia ajena, el reconocimiento y la importancia que tanto le habían negado toda su vida, volcó por completo sus intereses al área sexual, como si eso legitimara su existir. Tenía una listita con varios pibes y durante los fines de semana veía al que más la satisfacía, o en su defecto, al que estaba disponible.
Así fue como entre idas y vueltas agregó a Juan a su lista. Vive por Palermo el pibe, es un conocido de conocidos con el que había charlado en una fiesta. Un morocho de veintiún años que según las charlas banales que habían tenido, labura medio día en un bar de la zona y vive sólo desde hace dos años cuando decidió venir a capital para llevar a cabo sus estudios terciarios.
Llega el sábado, Luna sale con sus amigas, lo mismo de siempre: se juntan a tomar con algún grupo de conocidos y después van a un boliche, preferentemente de Palermo. Esa noche Luna había decidido no tomar, no se sentía bien físicamente y no quería empeorar su estado. Pasan las horas y empieza a maniobrar con la lista de candidatos para esa noche. De una cosa estaba segura: no se iba a ir a dormir sola. Así es como terminó en la casa de Juan.
Lo conocía hace poco y era la tercera o cuarta vez que se veían. Toca el timbre de un edificio antiguo, 4 de la madrugada. Espera que Juan le baje a abrir, se saludan, suben al departamento. La familiar rutina de todos los encuentros, un poco de charla previa, dos o tres boludeces para entrar en contacto y listo. Luna, impaciente como siempre, no tarda en querer concretar su objetivo de esa noche. Él había estado tomando, habían varias botellas dispersas por la casa y emanaba olor a vodka barato. Una cosa lleva a la otra, terminan -o empiezan- en la cama. Un poquito de maltrato nunca viene mal, ambos disfrutaban el juego: uno que otro tirón de pelo, algunas rasguñadas, nada fuera de lo normal. Pero esa noche Luna no pudo salir del juego, Juan no era Juan. O tal vez si, solo que ella no lo sabía.
Hoy, Martes, Luna no juguetea con su lapicera en la facultad. No toma apuntes, no asiste a clases. Hoy, Martes, Luna esta en una sala de hospital.
Cada inhalación le pasa factura, el oxígeno cala hondo en sus heridas y le recuerda que está viva, que de milagro está viva. Cada exhalación le recuerda que ella es responsable de su historia, su presente y su futuro. Cada una de las tres puñaladas que casi acaban con su vida laten bajo el vendaje recordándole que dejó de ser una nena, recordándole que debe apropiarse de su vida, vivirla intensamente.
Hoy la luna no sale, las gruesas nubes tapan su esplendor, nos privan de su belleza.
Cada uno tiene el derecho de ser libre y la responsabilidad de ejercer esa libertad. Por una vida más consciente, más cuidada, más respetuosa. Por una vida, y una luna, más brillante.
Muy bueno para tomar conciencia de las cosas.
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