viernes, 4 de noviembre de 2016

Santiago

 A mi bisabuelo de parte materna, Santiago, lo pisó un tren cuando tenía cuarenta y tres años. Me acuerdo esa tarde que sentados en el patio mi abuela me contó sobre el accidente y sobre algunos antepasados que nunca había escuchado nombrar. De esa tarde pasaron más años de los que puedo contar.
 Salí de bañarme pensando en eso, de vez en cuando Santiago aparecía en mi cabeza. Agarré la ropa que estaba tirada en la cama y me vestí, pensé en la horrible noche que había pasado, otra de las tantas. Renuncié a mi trabajo hace dos semanas y desde ese momento no hice más que leer casos policiales en internet y fumar tabaco armado. Me senté en el sillón verde que está enfrente de la ventana y abrí la computadora. Nina suspiraba y roncaba despacio del otro lado del sillón. Los lugares ya estaban asignados, yo me sentaba siempre del lado derecho del sillón y ella estiraba sus cuatro patas del lado izquierdo. Ya hacía mucho tiempo que éramos nosotros dos.
 Me dijo que lo pisó un tren, así, como si me estuviera contado que hay lasagna para cenar o que se mudó un vecino nuevo a la casa de al lado. Quizás el tiempo tiene ese efecto anestésico sobre todo y todos por igual. Me acuerdo que le pedí que me cuente más del accidente. “Santiaguito estaba medio sordo, tenía un problema en el tímpano de un oído creo. Estaba yendo a cobrarle a unos clientes del otro lado de Yrigoyen y cuando cruzó la vía, pum, lo atropelló el tren. Ni lo escuchó el pobre”
 A mi hija no la veía hace 5 años y medio, dejó de hablarme en ese entonces y hacía algunos años que vivía en Canadá. Me mandó un mail hace dos meses. Le diagnosticaron cáncer de mama, eso decía. Me quedé helado. También leí que seguía enojada, que no me había perdonado, pero que quería verme antes de que la operen. Avisé en el hospital que iba a ausentarme por motivos personales y me subí al primer avión que pude. Cuando llegué y la vi, supe que el pasado seguía intacto.
 No pude manejar la tristeza ni la ansiedad. La miraba y veía a su mamá. Estuve con ella los días anteriores a la operación, yo tenía el corazón en la garganta, no hubiera podido soportar que le pase algo a ella también. Cuando llegó el día, le recé hasta a los santos en los que no creía. Por suerte no hubieron complicaciones, salió todo bien y de a poco se fue recuperando. No me hablaba a menos que fuese indispensable. A los pocos días de su alta me pidió que me vuelva a Buenos Aires, se ve que algunas heridas todavía no le habían cicatrizado.
 Volví de Canadá. Me recibieron las pálidas luces del pasillo, los tubos de oxígeno y el empapelado con rombos grises de la sala de espera. El aire estaba más frío que de costumbre. La vida tiene esos momentos que te ponen en una encrucijada, de golpe sentí que había una bifurcación en la cual tenía que elegir si agarrar un camino u otro. No pude seguir eligiendo lo mismo. Que la vocación es servicio, no me cabe la menor duda pero ¿servicio para quién? Nunca pude responder a eso sin sentir una punzada en el pecho.
 Es que cuando vi a mi hija toda vendada en la camilla, sin hablarme, me di cuenta lo vacías que habían sido todas mis decisiones. Sentí que tenía que elegir algo distinto, como si eso pudiera cambiar algo de todo lo que pasó. 
 Opté por renunciar al hospital, borrar mi presencia del único lugar en el que era genuinamente requerido. No aguanté más estar en ese lugar que había succionado mis años de juventud y que noche a noche, minuto tras minuto fue desgarrando mi familia hasta hacerla desaparecer. Porque para mi desde hacía algunos años, el servicio estaba teñido de tristeza y resentimiento.
 Un 3 de Julio como hoy, hace seis años, mi esposa se iba. Porque no la escuché, no escuché su tristeza en cada noche de soledad, no escuche sus pedidos de atención ni su depresión galopante. No la escuche cuando sentada en nuestra cama matrimonial, su cama en realidad, se pegó un tiro en la sien. Y no escuché el llanto de mi hija que esa madrugada tuvo el peso muerto de su mamá entre los brazos.
 Un 3 de Julio como hoy, hace seis años, la vida me ponía a cruzar Yrigoyen y mientras caminaba entre las vías, sin siquiera escucharlo, un tren a toda marcha se llevaba puesta mi existencia.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Mala señal.

A veces me da miedo, me da miedo lo que pueda llegar a salir de adentro mío. Tengo la desconfianza como alarma, un microinstante de precaución. Es un miedo casi primitivo, irracional.
Porque resistirme a mi misma es un habito aprendido, ya hace un tiempo vengo tratando de desecharlo. Creo que en algún momento habrá sido útil pero ahora estoy abierta a ver, a darme cuenta, a registrar lo que me pasa y aceptarlo.
Y como tengo el mecanismo tan armado, a veces ni me doy cuenta que lo prendo.
Y otras se que esta andando y sin embargo no lo puedo apagar.
Es como si una fuerza bloqueadora se prendiera adentro mío cada vez que intento ponerme en contacto con emociones de las que en algún momento necesite protegerme. Hoy quiero sacar la cortina de humo y ver a través.
Se que hay algo que estoy distorsionando, algo que estoy deformando y bloqueando. Se que tengo motivos para hacerlo, pero me siento abierta. Siento que puedo con eso y sin embargo no logro escucharme. Solo está el ruido, el ruido del desorden, de la rareza, de decir algo y creer que en un lugar es cierto pero en otro no. Tengo interferencias en la comunicación conmigo misma. Porque a veces pasa, tenemos mala señal. Necesito volver a conectar y conseguir un poco de claridad.
Creo que debe ser más simple de lo que pienso, es porque justamente mi espiral mental va tan lejos cuando hay desorden que pierdo el criterio para diferenciar mi verdad del ruido.
Y tengo esa sensación, muy sutil, de que se lo que me pasa.
Y no se si no se lo quiero decir a mi cabeza o a mi corazón.

jueves, 15 de septiembre de 2016

Escribiendo desde esquinas

Estoy sentada en una esquina. El sol me quema la piel mientras espero que me traigan el desayuno. Alguien que ya no soy le quiere escribir a alguien que ya no está y que quizás nunca estuvo. Si serán escurridizos el tiempo y el espacio, van muy rápido. Creo que el ser humano es como un modelo viejo de computadora, de esas todas destartaladas que intentan procesar cantidades enormes de información y se traban a cada rato.
Y acá estoy, con la pantalla en blanco, intentado procesar algo de otra temporada. Es que siento que si no proceso esa información no voy a poder procesar nada nuevo, no voy a dejar que entre nada más. Pero bueno, el destiempo y los compromisos tienen sus razones. La balanza pesa más de un lado que del otro.
Este desdoblamiento interno, yo de ahora y yo del pasado, chocan y negocian. Se sacan partes, se miran con lupa, intentan convivir en un mismo espacio, intentan entenderse y aceptar que ambas existen. Es como una lucha entre el tiempo y el no tiempo. Entre un incesante presente y el caprichoso pasado.
A veces en la falsa tristeza de sentirme sola, me olvido que soy yo. Me olvido que soy muchas, muchas yo en muchos planos simultáneos de tiempo-espacio. Y miro hacia afuera desde alguna de mis partes, desde alguna de mis esquinas. Algunas se sienten solas, otras no.
Es tiempo para mi, para estar con todas mis yo.
Y cuando estoy sola, cuando estoy conmigo, la vida es amena. La gente es simpática, el clima me acompaña, los planes se acomodan, las obligaciones se relajan y disfruto. Disfruto mis compañías.

domingo, 28 de agosto de 2016

De emociones y sus tratamientos.

Y hoy que me quiero vomitar a mi misma
sacarme de adentro para ver que me pasa
hacer palpable eso intenso e intangible
mirarlo con una lupa hasta hacer su desnudo vulgar
y ver asi lo insignificante de mi padecer
lo corto que es este capitulo en esta vida y este universo.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Desconexión

Cuando hay algo que no queres ni pensar, algo que te perturba e incomoda por el simple hecho de existir como posibilidad, creo que es porque hay algo ahí que estaría bueno revisar. Hoy escribo para acomodarme, para brindarme un espacio conocido de reflexión y por qué negarlo, escribo como un desesperado intento de clarificación. Ya no intento solucionar con las palabras, pero no niego que hay un lugarcito en el que me hacen sentir cierta paz. Hasta hace poco tenía la certeza irreductible de que no quería algo, estaba tan segura que daba miedo. Empecé a dudar, no quería dudar. Vi cosas mías que están rígidas, que están funcionando mal, no quería funcionar mal. Sentí miedo a haberme equivocado, no quiero haberme equivocado.
Quiero y no quiero muchas cosas, pero eso no es lo importante. Querer y no querer me llevó a lugares de mi cabeza que tiraron fuerte del cable que me conectaba conmigo misma y dejaron tan solo un triste camino de tierra en donde debería haber una autopista. Me dividí y enrosqué con mil pensamientos que no llevaron a ningún lado.
Tarde pero seguro, allá a lo lejos andando despacito por la calle de tierra venía la claridad. Si, tenía razón en algunas de las cosas que había pensado. No, no pude ver en su momento lo amenazada que me sentí y los pocos recursos que tuve para afrontar la situación. Si, hoy veo un par de matices más. No, no tengo seguridad alguna de no estar equivocándome de nuevo.
En fin, hoy intento conectarme, ver mis puntos débiles y romper viejos modelos de funcionamiento. Intento encontrar mi forma de ser mujer, de permitirme ser cuidada, de compartir. Busco dentro de todos los posibles modelos algo propio, una extracción de pequeñas cosas de cada uno que me hagan sentir más yo.
Voy a intentar asfaltar la calle de tierra, iluminarla y hacerla transitable. Y si, supongo que es inevitable que hayan peajes.

lunes, 8 de junio de 2015

Dos días: lo bueno y la claridad.

Día uno:
Quiero escribir sobre alguien, voy a escribir solo lo bueno. Es algo asi como un ejercicio, lo bueno y lo real. Esto último me resulta mas complicado pero pretendo detectar y dejar de lado mis creaciones y agregados para registrar solo aquello que existe y pude comprobar fenomenologicamente.
Esta persona es demasiado libre. Tiene la sutileza necesaria para hacer lo que quiere, como quiere, cuando quiere, con quien quiere. Suena a poca cosa, pero estuve reflexionando sobre esa cualidad y me di cuenta que es difícil ser así en una realidad como esta. Existimos en una cultura que muchas veces desde antes de nuestro nacimiento nos condiciona y pone pautas sobre el camino que deberíamos seguir, sobre lo que esta bien y lo que esta mal, sobre lo que hay que desear y lo que hay que rechazar. Nos criamos con mandatos, con estilos de vida, con planes a futuro que muchas veces son incorporados desde afuera hacia adentro y sin embargo nos convencemos de que es algo propio.
Esta intencionalidad que le atribuyo puede malinterpretarse, lo que me gustaría resaltar es que si bien esa persona hace lo que quiere, no lo hace desde el lugar de pasar por arriba al otro, sino que lo hace como quien se desliza de momento a momento eligiendo aquello que mejor le hace. Es una sutileza que yo hasta hace un tiempo no comprendía, quizás en el pasado mi fuerte nunca fue ser sutil. El microsegundo a microsegundo, el entrar en contacto consigo mismo y con aquello que le da ganas de vivir. Es alguien que puede hacer una lectura de una situación desde lo vivencial, desde la sensación y la intuición: aquello que está implícito y a lo que no muchas personas le dan bola pero que la mayoría de las veces es completamente acertado. La capacidad de transparentar situaciones, de decir con inocencia consciente aquello que también estaba flotando en mi aire. Saber estar consigo, encontrar herramientas y situaciones que se lo permiten. La responsabilidad de ser el mismo. El reino del absoluto sentir.

Día dos:
Entendí a alguien. Durante una secuencia de minutos, sonidos y respiraciones pude vislumbrar algo que antes solo veía desde afuera, desde la frontera. Ayer entendí un momento, mil piezas de rompecabezas que estaban desparramadas en mi mente formaron una armoniosa imagen, un despejado panorama de lo que sucedía en ese instante de mi vida y sus motivos de ser. Fue como si una puerta enorme se abriera ante mis ojos y me permitiera ver eso que me estaba pasando, con su lógica y sentido.
Que loco que la realidad este tan cerca y sin embargo a veces pueda estar tan lejos.
Que loco perderse en la neblina de la confusión y súbitamente ver la claridad en todo su resplandor.
Que lindo cuando dentro del sin sentido que perturba la existencia humana podemos encontrar un sentido propio, personal y único.
Que lindo cuando encontrandote con otros te encontras con vos mismo. Pocas cosas mas satisfactorias que hilar toda una vivencia y resignificarla entendiendo aquello que antes no podíamos.
Que lindo entender, pero ojo, no hablo del entender intelectual que siempre me sedujo, hablo de un entender totalitario. La unión de las partes, la fusión de lo que es opuesto pero complementario, el equilibrio entre aquello que es constitutivo pero debemos encontrar y poner en su correcto grado.
Que difícil entender profundamente a alguien y no poder comunicarlo con cosas concretas como son las palabras, que difícil y que lindo, me atrae ambiguamente que hayan cosas que escapen a la limitación de lo que podemos materializar.
De las personas que elegimos tener cerca, siempre nos resuena algo en nuestro interior y entender aquello que aporta alguien a tu vida (más allá de lo cultural, lo social y demás agregados mundanos) es de las cosas mas amorosas que pueden pasarte. El poder estar con vos y estar con otro, algo que suena tan simple y realizable, es uno de los desafíos que más difíciles pero que más satisfacción me genera. La filosofía de confianza en el otro, de detectar y reconocer que tiene algo personal que lo hace irrepetible, de verlo como es y mostrarnos como somos. Lo sincero de desearnos mutuamente que podamos ser el 100% de nuestras potencialidades, esas cosas latentes que nos vemos el uno al otro y que nos habitan como seres únicos que (todos) somos.
De anoche me llevo un lugar, fue como el último y más importante adorno que necesitaba para crear en mi misma un lugarcito al que recurrir cuando quiera esa óptica que tanto me costó validar y equilibrar. Pensar y sentir. Sentir y pensar.
Hoy entiendo, cada engranaje esta sincronizado a la perfección en la combinación tiempo-espacio-sentido. No se a qué fuerza superior se agradece esto, pero gracias. Gracias a mi. Gracias a vos.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Una vez me dijeron que lo mas personal es lo mas universal.

Hasta hace poco tuve un camino a seguir, metas y objetivos que ordenaban cronologicamente mi vida y que determinaban cuán bien o mal debería estar. Empecé a dudar de ese camino, me di cuenta que mi vida no tiene por que estar sobredeterminada, tendiendo hacia un camino específico. Esto me despertó curiosidad sobre que otras cosas hay disponibles para mi, lo cual no significa cambiar algo real de mi rutina o las cosas que hago actualmente. Es mas una cuestión de enfoque que de contenido. De repente sentí el peso de la enorme libertad que tengo en esta etapa, el peso o la levedad, como prefieran llamarlo. Me vi apreciando la vida de otros, respetando sus elecciones, no peleando con eso que para mi estaba mal sino validando que cada uno elige lo que quiere para su vida. Devalué mi personaje mas preciado, el de ayudadora (dicen que la ayuda es el lado soleado del control). Me permití ser y permití a los otros que sean.
Estas palabras están despojadas de la falsa ilusión de significar mi experiencia en un 100%, son mas bien un recordatorio personal sobre esta etapa tan extraña y cómoda de mi vida.
Me siento atrapada en la ambiguedad del lenguaje, en la limitación de las palabras y la posibilidad de exteriorizar en algún grado las cosas que transcurren en mi interior. Hoy mas que nunca, creo que las mejores cosas (y a veces las peores) son aquellas que no pueden explicarse con palabras. El sexo, la música, las sensaciones que atrapan nuestra corporeidad y por otro lado la total ausencia de ellas, es decir la muerte. Qué atractivo aquello que no podemos simbolizar mentalmente en su totalidad, aquello que escapa a nuestra supuesta característica esencial: la de ser animales racionales. Qué lindos esos momentos que te sacan del trance de lo "normal" y te recuerdan que te pasan cosas, cosas que exceden tu capacidad de control. Es tan sencillo y a la vez tan intrincado. Quizás la belleza de la vida está ahi, en la incapacidad de "comprenderlo" pero a su vez captarlo con extrema precisión.
Me escribo esto para recordarme, para poner de forma medianamente tangible algo que no quiero cederle al desgaste de mi memoria. Me escribo para contarme que en un momento me desprendí temporalmente de mandatos y supuestos para poder hacer lo que tenía ganas, como tenía ganas, cuando tenía ganas. Que perdí la necesidad de control, que me deje llevar por lo que me sucedía sin programar ni temerle a lo que vaya (o no) a pasar en un futuro.
Me escribo para contarme que estoy siendo responsablemente adolescente, me escribo para pedirme que cuando vuelva a sumergirme en un plan de vida (espero que mas subjetivamente diseñado) me acuerde de esta sensación de levedad, de los lazos sin dependencia, de ser como tengo ganas de ser.
Hoy quiero encontrarme conmigo, encontrarme con otros, estoy encariñandome con la simpleza de hacer lo que convoca las ganas, la intencionalidad sin juicios ni planes, tan solo el momento a momento.
Una vez me dijeron que lo más personal es lo mas universal, y no se si ustedes sentiran lo mismo, pero que simplemente profunda es la vida vivida desde las entrañas.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Soy (subjetivamente) científica.

Descubrí un método. No tan largo como el Discurso del Método de Descartes o El discurso del rey, la película. Un método que tiene un objetivo claro, un problema a resolver. Un método casi científico, de esos con contrastación empírica y consecuencias lógicas. Bueno, no se si tanto pero igual les cuento.
Es un método para acordarse, para combatir el despiste y la falla de memoria tanto a corto como a largo plazo. Es fácil, sólo tenes que acostumbrarte a usarlo, como si fuera un reloj o un anillo que usas a diario. Es aplicable para aquellos que se conocen lo suficiente como para saber que se van a olvidar, que ese momento se va a escurrir rápidamente sin fijarse en su cabeza. Es para aquellos que sienten que su vida es como una película que está en foward, las dos flechitas del reproductor que permiten acelerar el ritmo. Para los que ponen poca atención, o los que por más que intenten no pueden acordarse los detalles de una situación. Para los melancólicos, para los que buscan afirmar su presente y por lo tanto su pasado. Para los que quieren una vida más intensa.
Como me considero dentro del grupo de personas incapacitadas para almacenar situaciones pasadas en la memoria, intenté buscar una solución a esto. Reglas de memoria, juegos de palabras, asociaciones de contenidos nuevos con ya existentes. Nada. No me sirvió. Entonces me resigné, asumí no estar mentalmente predispuesta para recordar el detalle extremo de lo banal, para el almacenamiento de lo irrecuperable. Entonces sentí un vacío, el vacío que dejaba el pasado escurriéndose entre mis neuronas poco atentas. Si, poco optimista, pero ya les adelanté que tengo una solución. Por lo menos para mí clasifica como tal, y si yo que era racional hasta la médula pude aplicarlo vos también. Prestá atención.
Cuando estas en una situación que te gusta mucho y que te encantaría recordar pone pausa mentalmente por una fracción de segundo. Frenas, no es tan difícil, como cuando manejas o como la cámara cuando saca una foto. Una vez que frenaste y te diste cuenta que te queres acordar de ese momento, haces algún movimiento que te sirva de cable a tierra no se apretá los puños de las manos, aplaudí, pestañeá tres veces, agarrate una teta, lo que se te ocurra. Tiene que ser algo físico y puede ir desde lo espástico hasta lo más sutil. Bueno, ya casi termina, te dije que era fácil.
Una vez que hiciste algo físico, que tuviste la sensación corporal de estar haciendo algo completamente voluntario, tenes que prestar atención adentro. Inmediatamente después de la acción física y sin pensar mucho, tenes que preguntarte que sentís en esa situación que queres recordar. No, no le pongas palabras, solo observalo, miralo atentamente y fijate que te genera. Eso que te genera, al prestarle atención se guarda, se linkea directamente con la experiencia mundana que estas atravesando. Entonces cuando quieras acordarte detalladamente de un momento, de una persona, de una situación particular, automáticamente viene el link adjunto. Y con la sensación, con eso que la situación te dejo adentro, ya sobra. No hace falta acordarse el color de remera que tenía puesta, el escenario físico donde ocurrió, la fecha cronológica. Todo deja de importar. Estas reviviendo ese momento, voluntariamente, la cantidad de veces que tengas ganas. Si, epistemológicamente hablando me quedo medio corta, pero funciona, te lo aseguro en carne propia.

jueves, 14 de agosto de 2014

Budín de limón.

Estaba con Julieta, una de las pocas personas que considero mi amiga, merendando en uno de esos lugares chic estilo Palermo. Fue durante uno de mis días desganados, cuando aplastada por la melancolía me senté frente a ella en la mesa del lugar y empecé a leer el menú.
- Ojalá haya budín de limón, siempre que vengo me dicen que no les queda. 
Juli tiene un tema con la disponibilidad del budín de limón, siempre que ella quiere pedir, sea en el lugar que sea, no hay. El mozo se acerca, pedimos y le comenta que solo queda media porción de budín de limón y ella, gratamente sorprendida y con su mejor sonrisa en la cara, le pide que complete la otra media porción con budín de naranja. Peor es nada.
Nos ponemos al día, contamos anécdotas de nuestros amoríos adolescentes, comentarios sobre alguna que otra situación puntual que haya pasado durante la semana que no nos vimos. Le cuento que está confirmada mi mudanza, que voy a extrañar mi casa pero que estoy muy contenta. Me cuenta que le gusta el chico con el que sale, que parece que va en serio la cosa, que no lo quiere perder. Le cuento sobre una relación reciente, que está por terminar. Confieso que se me vienen muchas cosas encima, que siento una mezcla homogénea de temor y expectativa.
Vuelve, el mozo, con media porción de budín de limón y media de naranja, con mis tostadas y dos aguas sin gas. Entre comentario y comentario Juli separa cada porción de budín y arranca con una, la come distraída mientras charlamos sobre nuestros respectivos vínculos y las cosas que creemos que van a pasar. Sobre nuestros temores, nuestros deseos, nuestros enojos, nuestras expectativas. Le pregunto si le gusta el budín y me dice que si, que se esta comiendo primero el de naranja para después terminar con el tan deseado budín de limón. Le digo cosas no muy novedosas, como que voy a extrañar mucho de lo que se está por terminar. Surgen reflexiones medio de ensueño que invitan a saber apreciar lo que tenemos, a aceptar que las cosas empiezan y terminan, que siempre aparecen nuevas situaciones mejores y peores, que los cambios bien aprovechados siempre impulsan al crecimiento y otras inyecciones de esperanza del estilo. Termina la primer porción de budín y arranca con la otra.
- ¡Agh, está horrible esto! Me parece que este es el de naranja, no el otro. Uy me quiero morir, que boluda, me comí el de limón sin disfrutarlo.

Todo el tiempo pensamos que estamos comiendo el budín de naranja, que lo mejor todavía no llegó, que está por venir. Nos distraemos pasando el presente con superficialidad, esperando que llegue aquello que deseamos, que nos motiva a seguir adelante y nos alimenta las ilusiones de felicidad. Una felicidad completamente fantasiosa, alejada de la realidad, que opaca a la verdadera felicidad que según mi pobre e inexperta opinión es poder estar acá, con todo lo que nos pasa, disfrutando lo "bueno" y aceptando lo "malo". Qué equivocados estamos, si tan solo pudiéramos ver a tiempo que lo que nos esta pasando ahora, con sus pro y sus contra no es el de naranja ¡es el budín de limón! nos permitiríamos saborearlo, disfrutarlo con mayor conciencia, con todas las papilas gustativas, masticarlo con mas ganas.
Éste, el día de hoy, este segundo, es tu budín de limón, asique disfrutalo, porque cuando llegues a viejo y estés postrado en una cama te vas a acordar de ese momento en que viste la porción entera, te vas a acordar de cuando te quedaba media, de cada bocado desaprovechado y cada sabor pasado por alto. No esperes al último bocado para disfrutarlo verdaderamente.
La vida es eso, un efímero bocado de un budín de limón. Nos enceguecemos, nos hacemos creer que es de naranja cuando es de limón, la felicidad siempre estuvo y vos, víctima del acecho de las preocupaciones banales, no supiste reconocer y tampoco aprovechar.

martes, 24 de junio de 2014

El más oscuro anochecer.

Luna es una linda piba, con sus 19 años recién cumplidos anda por la vida como quien cree que es inmune a la desdicha. Y sí, uno a esa edad cree que no le va a pasar nada, como si todo lo que escucha en las noticias ocurriera en un planeta muy distante a la cálida vida que conoce. Nunca se preocupó mucho por nada Luna, tiene una vida acomodada, convive con el amorío más reciente de su madre y es la más chica de 3 hermanos. Consentida, polvorita, camina como si no se percatara del roce con el oxígeno, como subestimando que esa sustancia es de vital importancia para su existencia. Vivía pero no vivía, no frenaba a ver qué le pasaba, ni siquiera frenaba a escucharse a la hora de decidir qué quería. Pero hay cosas que son evidentes, una piba de 19 años tiene que querer coger. Como buena seguidora de los mandatos sociales, Luna empezó su vida sexual de pendeja, algo así como a los 17 años. Arrancó cogiendo con un chico que le gustaba, pero cuando le agarró la mano empezó a querer experimentar un poco más. Extasiada por la caricia ajena, el reconocimiento y la importancia que tanto le habían negado toda su vida, volcó por completo sus intereses al área sexual, como si eso legitimara su existir. Tenía una listita con varios pibes y durante los fines de semana veía al que más la satisfacía, o en su defecto, al que estaba disponible. 
Así fue como entre idas y vueltas agregó a Juan a su lista. Vive por Palermo el pibe, es un conocido de conocidos con el que había charlado en una fiesta. Un morocho de veintiún años que según las charlas banales que habían tenido, labura medio día en un bar de la zona y vive sólo desde hace dos años cuando decidió venir a capital para llevar a cabo sus estudios terciarios. 
Llega el sábado, Luna sale con sus amigas, lo mismo de siempre: se juntan a tomar con algún grupo de conocidos y después van a un boliche, preferentemente de Palermo. Esa noche Luna había decidido no tomar, no se sentía bien físicamente y no quería empeorar su estado. Pasan las horas y empieza a maniobrar con la lista de candidatos para esa noche. De una cosa estaba segura: no se iba a ir a dormir sola. Así es como terminó en la casa de Juan. 
Lo conocía hace poco y era la tercera o cuarta vez que se veían. Toca el timbre de un edificio antiguo, 4 de la madrugada. Espera que Juan le baje a abrir, se saludan, suben al departamento. La familiar rutina de todos los encuentros, un poco de charla previa, dos o tres boludeces para entrar en contacto y listo. Luna, impaciente como siempre, no tarda en querer concretar su objetivo de esa noche. Él había estado tomando, habían varias botellas dispersas por la casa y emanaba olor a vodka barato. Una cosa lleva a la otra, terminan -o empiezan- en la cama. Un poquito de maltrato nunca viene mal, ambos disfrutaban el juego: uno que otro tirón de pelo, algunas rasguñadas, nada fuera de lo normal. Pero esa noche Luna no pudo salir del juego, Juan no era Juan. O tal vez si, solo que ella no lo sabía.
Hoy, Martes, Luna no juguetea con su lapicera en la facultad. No toma apuntes, no asiste a clases. Hoy, Martes, Luna esta en una sala de hospital. 
Cada inhalación le pasa factura, el oxígeno cala hondo en sus heridas y le recuerda que está viva, que de milagro está viva. Cada exhalación le recuerda que ella es responsable de su historia, su presente y su futuro. Cada una de las tres puñaladas que casi acaban con su vida laten bajo el vendaje recordándole que dejó de ser una nena, recordándole que debe apropiarse de su vida, vivirla intensamente. 
Hoy la luna no sale, las gruesas nubes tapan su esplendor, nos privan de su belleza.

Cada uno tiene el derecho de ser libre y la responsabilidad de ejercer esa libertad. Por una vida más consciente, más cuidada, más respetuosa. Por una vida, y una luna, más brillante.