sábado, 21 de diciembre de 2013

Ritual

Llego a casa. El cielo oscuro amenaza con iluminarse, la cama desordenada, el maquillaje corrido, la ropa tirada.
Empieza el ritual.
Dejo la cartera. Tiro todo lo que esta sobre cama al piso. Acomodo la plata que me quedó en la billetera. Empiezo a desvestirme. Primero los zapatos. Agua, necesito agua. Voy a la cocina, agarro una botella. Hago una parada en el baño, me miro en el espejo y pienso en no pensar. Vuelvo a la habitación. El cielo me apura, está cada vez mas naranja. Me saco la remera, después las calzas. Ropa interior demasiado pretensiosa para una noche como esta. Se escuchan los pájaros. Cajón, pijama. Me arrepiento, lo tiro al piso. Me saco el corpiño. Tomo agua. Me tiro en la cama al ritmo de un suspiro. Trato de estirar un poco las sábanas. Miro al costado, vacío. El espejo de enfrente me recuerda que no me saqué el maquillaje. Se me va a correr todo, las sábanas son blancas, me va a hacer mal a la piel. Pero no quiero, no puedo. El ritual es muy preciso, rutinario, casi automático. Pienso: bue, me lo dejo puesto, total una noche qué me va a hacer. Pero la rutina me aplasta, se que no esta bien, se que el desmaquillante me espera en el mismo cajón de siempre. Se que haberme olvidado me da vida. Me pone en circulación. Interrumpe mi rutina, mi cotidianeidad. O quizá la consiente, la muy caprichosa es demasiado exigente como para poder ignorarla. Me levanto, voy al baño, abro el cajón y ahí están. Mirándome, burlándose de que ya es de día y yo sigo despierta.
Ya no espero que irrumpan mi rutina aquellas cosas que deseo.
Ya me estoy acostumbrando a la soledad.
Me voy a dormir sin pretensiones.
Viernes, 5:15 am.

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