martes, 24 de junio de 2014

El más oscuro anochecer.

Luna es una linda piba, con sus 19 años recién cumplidos anda por la vida como quien cree que es inmune a la desdicha. Y sí, uno a esa edad cree que no le va a pasar nada, como si todo lo que escucha en las noticias ocurriera en un planeta muy distante a la cálida vida que conoce. Nunca se preocupó mucho por nada Luna, tiene una vida acomodada, convive con el amorío más reciente de su madre y es la más chica de 3 hermanos. Consentida, polvorita, camina como si no se percatara del roce con el oxígeno, como subestimando que esa sustancia es de vital importancia para su existencia. Vivía pero no vivía, no frenaba a ver qué le pasaba, ni siquiera frenaba a escucharse a la hora de decidir qué quería. Pero hay cosas que son evidentes, una piba de 19 años tiene que querer coger. Como buena seguidora de los mandatos sociales, Luna empezó su vida sexual de pendeja, algo así como a los 17 años. Arrancó cogiendo con un chico que le gustaba, pero cuando le agarró la mano empezó a querer experimentar un poco más. Extasiada por la caricia ajena, el reconocimiento y la importancia que tanto le habían negado toda su vida, volcó por completo sus intereses al área sexual, como si eso legitimara su existir. Tenía una listita con varios pibes y durante los fines de semana veía al que más la satisfacía, o en su defecto, al que estaba disponible. 
Así fue como entre idas y vueltas agregó a Juan a su lista. Vive por Palermo el pibe, es un conocido de conocidos con el que había charlado en una fiesta. Un morocho de veintiún años que según las charlas banales que habían tenido, labura medio día en un bar de la zona y vive sólo desde hace dos años cuando decidió venir a capital para llevar a cabo sus estudios terciarios. 
Llega el sábado, Luna sale con sus amigas, lo mismo de siempre: se juntan a tomar con algún grupo de conocidos y después van a un boliche, preferentemente de Palermo. Esa noche Luna había decidido no tomar, no se sentía bien físicamente y no quería empeorar su estado. Pasan las horas y empieza a maniobrar con la lista de candidatos para esa noche. De una cosa estaba segura: no se iba a ir a dormir sola. Así es como terminó en la casa de Juan. 
Lo conocía hace poco y era la tercera o cuarta vez que se veían. Toca el timbre de un edificio antiguo, 4 de la madrugada. Espera que Juan le baje a abrir, se saludan, suben al departamento. La familiar rutina de todos los encuentros, un poco de charla previa, dos o tres boludeces para entrar en contacto y listo. Luna, impaciente como siempre, no tarda en querer concretar su objetivo de esa noche. Él había estado tomando, habían varias botellas dispersas por la casa y emanaba olor a vodka barato. Una cosa lleva a la otra, terminan -o empiezan- en la cama. Un poquito de maltrato nunca viene mal, ambos disfrutaban el juego: uno que otro tirón de pelo, algunas rasguñadas, nada fuera de lo normal. Pero esa noche Luna no pudo salir del juego, Juan no era Juan. O tal vez si, solo que ella no lo sabía.
Hoy, Martes, Luna no juguetea con su lapicera en la facultad. No toma apuntes, no asiste a clases. Hoy, Martes, Luna esta en una sala de hospital. 
Cada inhalación le pasa factura, el oxígeno cala hondo en sus heridas y le recuerda que está viva, que de milagro está viva. Cada exhalación le recuerda que ella es responsable de su historia, su presente y su futuro. Cada una de las tres puñaladas que casi acaban con su vida laten bajo el vendaje recordándole que dejó de ser una nena, recordándole que debe apropiarse de su vida, vivirla intensamente. 
Hoy la luna no sale, las gruesas nubes tapan su esplendor, nos privan de su belleza.

Cada uno tiene el derecho de ser libre y la responsabilidad de ejercer esa libertad. Por una vida más consciente, más cuidada, más respetuosa. Por una vida, y una luna, más brillante.

sábado, 21 de junio de 2014

Inevitable catarsis, transparencia de mi yo.

Esta es una despedida necesaria, un mix de angustia, melancolía y la imborrable marca en mi conciencia de haber visto más allá. Mirar las cosas desde afuera y decidir no volver a entrar.
Llorar una ilusión, algo que no fue y tampoco será. Haberte usado como lienzo, haber pintado mis deseos con el más suave de los pinceles. Haber hecho lo imposible para merecer tu cariño. Llorar lo que no tuve, dejar de fantasear con lo que no fue. Concretar una despedida, decidir salir del juego.
No se puede perder lo que nunca fue de uno. Me quedo con lo que me diste, el regalo de tu mirada, la intensidad de nuestra conexión, el recuerdo de tus palabras y la suavidad de tus caricias. Gracias. Sin tenerte te tuve. Repitiendo aquello que dijo Drexler, uno solo conserva lo que no amarra. 

Si, es el fin.

viernes, 18 de abril de 2014

A estrenar

Camino, siento los pies a cada paso. No se a dónde estoy yendo pero tengo un objetivo: perderme ordenadamente por esta ciudad llena de historia. Levanto la vista para ver lo que este rinconcito de Europa me ofrece. Una fuente de agua en una esquina espera mi visita, me asomo y veo las monedas en el fondo, producto de deseos ajenos, pienso en los míos, descarto el pensamiento. Sigo sin ir a ningún lado, yendo a todos. Camino más y más. Respiro, eso es importante, aunque es algo automático en este momento respiro con mayor consciencia, con ganas de vivir. El aire llena mis pulmones, doblo en una esquina, llego a una plaza, visualizo una iglesia. A pesar de mi ateísmo quiero entrar, por motivos culturales quizá, igual más que un motivo lo que siento es un impulso. Entro, automáticamente me consume la insignificancia del ser, me siento en un banco al fondo de la iglesia casi vacía, tan solo diez o quince personas. Pienso, no lo puedo evitar, sigo pensando ¿En qué? en mi cotidianeidad, en aquello que no debo olvidar hacer, pienso en mi, intento mirarme desde afuera para conseguir una vez más toparme contra la pared de la subjetividad. Pienso en lo que quiero, pienso en mis proyectos a futuro. El futuro, que abismal tema de pensamiento, una vez agarrado ese sendero estoy largos períodos de tiempo consumida en el. Consumida en las fantasías, las ilusiones, los deseos, las cosas inconclusas, el miedo. Siento el miedo, se me encorva un poco la espalda, se me contrae la boca del estómago y mi pecho se comprime lenta pero despiadadamente. Miro para arriba intentando concentrarme en el techo dedicado en su totalidad a los ángeles. Intento desesperadamente deformar el miedo, llegar a su esencia, desnudarlo por completo y hacerlo mío. Intento transformarlo en esperanza, en confianza y amor. Intento, sigo intentando. Abruma. Pasan los minutos y por fin mi mente encuentra una meseta, logro atenuar la oscuridad. Quizás es una ilusión pero siento como se abre un nuevo espacio en mi, sí, probablemente este alucinando. Me gusta, el lugar, es amplio y cálido. Se para qué está, yo lo pedí. Me gustaría verlo lleno, lleno de eso que necesito, eso que busco en las calles frías de esta ciudad ajena. Eso que busco en mis calles, en mis rincones, que ahora están a tantos kilómetros de distancia. 
Ya se donde encontrarlo, por algún motivo esa información apareció en mi cabeza "Ahí donde no esperas, ya lo encontraste, va hacia ti" Paciencia. Esperanza. Melancolía. Despedidas. Nuevos comienzos.
Me levanto del banco, me dirijo a la salida, me doy vuelta para ver la escultura del hombre crucificado y sonrío al ritmo del pensamiento "Para renacer es necesario dejarse morir"
Paseo por las calles, sabiendo que mi nuevo espacio espera algo, algo que esta llegando.

jueves, 17 de abril de 2014

Ya está, lo dije, ganaste.

Escribo para descargar, para descomprimir, para respirar por lo menos unas bocanadas de aire fresco. Escribo para aclararme, para transformar la angustia en algo concreto, algo visible. Escribo para que quede documentado en algún lado este momento de transición: el cambio más consciente que experimenté en mis escasos (pero suficientemente largos) otoños ¿Por qué otoños y no primaveras como suele decirse? El otoño es renovación, el otoño es dejar ir, desprenderse, quedarse desnudo para luego conseguir una nueva vestimenta más acorde a la siguiente temporada.
Qué valor se requiere para poder vivir en el cambio, para no aferrarse, para aprender a soltar o mejor dicho a no poseer. Como el árbol, al cual personifico e imagino como un ser cognitivo. El árbol sabe que sus hojas se irán en algún momento y sin embargo sigue siendo árbol, sigue en pie.
Hoy sorprendentemente me vendría bien un consejo de mi ex pareja, hoy lo entiendo mejor que nunca, hoy valoro aquello de lo que fue capaz, hoy siento más admiración de la que pude haber sentido jamás. Dejar todo sin importar cuanto dolor implique, mirar atrás y deshacerse de aquello que durante un tiempo fue la felicidad en su máxima expresión pero que hoy es un simple destello de aquel despampanante recuerdo. Aprender a respetarse, a ser congruente: sentir, pensar y hacer siendo fiel a lo que uno es. Hoy me enfrento al dilema del vaso medio lleno, se que si no lo vacío del todo ningún otro contenido podrá ocupar el recipiente, pero qué miedo verlo completamente vacío. Qué miedo me genera poner la cuenta en cero. Desprenderme de mis metas, de los recuerdos, del tiempo. Creo que lo más difícil de superar es el tiempo, nada ni nadie podrá devolvertelo y mucho menos borrar todo lo acontecido durante el período en cuestión. A veces son años, otras veces tan solo meses. No me malinterpreten, no solo me refiero a cantidad sino también a intensidad. La intensidad de lo vivido, la experiencia personal, el cambio acontecido, los momentos compartidos. Las caricias apasionadas, la profundidad de sus ojos, el calor de su pecho, su respiración pesada, sus brazos envolventes. Texturas, olores, gustos, tantas cosas por abandonar. Tantas otras por descubrir.
Tener miedo a necesitar algo y que no me lo den, una carga que tal vez vengo trayendo desde la niñez. Una creencia que se reafirma a medida que hago oídos sordos, una nena que llora y pide atención, una adulta que padece un enredo mental y emocional que solo puede solucionarse haciendo elecciones conscientes. Se lo que quiero, solo tengo que animarme a tenerlo.
¿Qué más amoroso que conocer las debilidades del otro y aún así respetarlas en lugar de aventajarse?
Cuando probas esa mezcla embriagadora de amistad y deseo ya nunca vas a querer conformarte con sus componentes por separado, es la cima de montaña, aquel lugar desde el cual ves todo con más claridad, en el que estas más conectado con lo humano. El deseo, tan carnal y animal unificado armónicamente con la mejor cualidad del hombre: la capacidad de amar, de amar tanto como sea posible, de amar al otro y amarse uno mismo. Y con amar no me refiero al amor de hollywood, me refiero al amor en término de respeto cariñoso hacia la persona con la que estas compartiendo un momento. Esta es la esencia de un encuentro, de un verdadero encuentro. Y después de encontrarte, de encontrar a otro ¿qué te hace creer que va a ser fácil renunciar a eso? No lo es, pero definitivamente, no son situaciones únicas en la vida. Tenemos la tendencia (o por lo menos yo) a creer que un paisaje es el más hermoso que existe hasta que de repente aparece otro, que es más completo, que es muy bueno también, solo que diferente. Pero aún así, más alla de la belleza potencial del nuevo paisaje, la sensación de esplendor del anterior sigue ahí, palpitante. Me cuesta atreverme a mirar nuevos paisajes, quizá por miedo o desesperanza, pero claro está que siempre va a haber algo más, algo no "más lindo" sino distinto, innovador, algo que se adecue mejor a mis necesidades.
El futuro vacía el presente de sentido. Voy a dejar de posponer mis necesidades emocionales, voy a validarlas como cualquier otra necesidad de mi organismo. La seducción forma parte de los placeres de la vida ¿y por qué no seducirme a mi misma? ¿por qué no animarme a redescubrir determinados aspectos de mi vida?

Lamento si les resultó demasiado catártico, he aquí una cita que encontré perdida en un viejo cuaderno a modo de discupa/explicación "La esencia del lenguaje se restringe a la creatividad espiritual del individuo"

domingo, 23 de marzo de 2014

Cenizas y cimientos

Un final feliz, eso es lo que realmente ansío y temo asumir. Algo predecible y básico, aburrido para el espectador, sin sorpresas ni despedidas. Un final que sea comienzo, un comienzo que sea historia, una historia que sea digna de recordar, digna de contar. Aprender por las buenas, una caricia que suplante el tan conocido cachetazo del destino. Una palmadita de la vida, un rato de felicidad.
Un destello de esperanza, un miedo que atrofia los músculos y contamina mi precaria estructura mental. Desarmado y reconstrucción, busco demoler aquello que me limita y trato de abrirme paso. Citando aquello que habló Zaratustra "Debes estar preparado para arder en tu propio fuego ¿cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?"

domingo, 23 de febrero de 2014

Poca paciencia para los trámites

Ayer se me cruzó por la cabeza la idea de que para dejar un hábito o algo que supuestamente tiene importancia en nuestras vidas deberíamos probar lo mejor disponible y después adoptar una postura al respecto. No termino de decidir si me parece una idiotez atómica o si tiene algo de sentido. Todo esto viene a colación debido a que encontré una persona que me interesa y me demostró algo realmente valioso. Entre idas y vueltas llegué a la conclusión de que ya no puedo llevar el mismo ritmo que antes. No por una cuestión de arreglo con esa persona, sino porque no lo siento tan natural como lo sentía hace unos meses. Ya no siento el deseo de estar con cualquier persona a menos que este segura de que eso va a ser un encuentro, en el sentido literal de la palabra. Creo que me hizo ver que algo había cambiado en mi, un destello de luz al final del túnel. No, no me enamoré, sólo me di cuenta de que ya es hora de empezar a tomarme a la gente (y a mí) un poco más en serio. Como buena controladora que soy, di mil vueltas sobre los cambios que experimenté estos últimos meses en mi forma de relacionarme con los hombres y sus consecuencias en mi vida actual, lo que me llevo a vivir lo que denomine "The Last Show"
Llega el sábado a la noche, luego de un viernes realmente complaciente decido salir con algunas amigas. Nos juntamos con un grupo de gente del que forma parte el chico que le interesa a una de ellas, todos entre 19 y 22 años que, para decir verdad, eran números bastante generosos para el espectáculo que atestigüé. Tengo un alto nivel de intolerancia hacia la falsedad con que las personas suelen relacionarse y más aún cuando están en grupo. Para que se den una idea, la conclusión que saqué de esa reunión fue: "esto es un zoológico". Creo que vine fallada, me gustaría que me indemnicen por la cantidad cosas que me perdí debido a lo trucha que soy como adolescente. O quizá debería estar eternamente agradecida (lo estoy). Bueno el tema es que nos fuimos temprano del lugar y como no teníamos nada mejor que hacer, cada una volvió a su casa. En mi cabeza estas últimas semanas había tenido lugar un personaje de mis épocas más ligeras, un veinteañero grandote y carilindo con el que me había encontrado tan solo una vez. Realmente era lo mejor, por lo menos en mi recuerdo (cabe aclarar que estaba en lo correcto). Como los sábados a la noche estoy más expuesta a la experimentación, no tuve mejor idea que comprobar la teoría que cité al principio del texto. Mensaje va, mensaje viene. Al rato me encontraba a punto de comprobar si aquello que creía era cierto, si después de haber vivido lo que creía como "mejor" seguía eligiendo no volver a vivirlo. En este caso, la teoría funcionó perfectamente. Con respeto hacia mí y mis elecciones, con cariño y falsa nostalgia me retiro por tiempo indefinido de ese tipo de encuentro enfermizo que tiene como objetivo llenar vacíos (a veces me asombra la perfección con la que "llenar vacios" hace referencia a lo que pienso).
Fue un trámite más, el último.

martes, 11 de febrero de 2014

Estaciones

Me quedé semi dormida durante unos minutos esta tarde cuando intentaba relajarme al terminar mi clase de yoga. No tenía tiempo para hacer una siesta por lo que mi cabeza comenzó a luchar contra el cansancio.
En ese estado de consciencia medio obnubilada, me encontré a mí misma en una terminal subterránea, pasaban miles de trenes y personas. Yo dudaba, no sabía a cuál subir ni en qué dirección. En un abrir y cerrar de ojos estaba arriba de un tren con otras personas que estaban completamente ensimismadas, el tren iba relativamente rápido y yo desesperaba por llegar a leer el nombre de las estaciones. Tenía que llegar a una estación puntual, esa información se encontraba grabada en mí pero de a ratos huía de mi consciencia. Lo curioso, viéndolo en retrospectiva, es que las estaciones no eran lugares sino que eran años. Pasaban desordenadamente, las personas se iban bajando en el año que les correspondía, parecía que todos teníamos un número asignado. Vi pasar muchos años tratando de reconocer cuál era el mío 1878, 2011, 1790, 2132, 1420. Decenas de números se sucedían interminablemente, esperé y repentinamente sentí un impulso incontrolable que me empujó fuera del vagón. 1996. Ese es el año de mi nacimiento, mil novecientos noventa y seis.
Este "sueño" duró tan sólo unos minutos, no más de cinco. Tengo la sensación de que no fue simplemente un sueño, yo ya estuve en ese lugar, ya sentí ese impulso, ya me bajé en la estación desconocida y ya me enfrenté a ese "nuevo mundo" que allí me aguardaba.
Hoy casi 18 años después mi atención es captada por la intrascendencia del tiempo, la belleza de lo atemporal, la insignificancia de la muerte, la desaparición de las pulsiones como determinante, la eternidad del alma. Siempre que deseemos va a haber una nueva terminal, con nuevos trenes, nuevos (o  ya conocidos) pasajeros, nuevas estaciones y nuevos aprendizajes.

viernes, 31 de enero de 2014

Cortocircuito

Una oración. Un conjunto entrelazado de letras es todo lo necesario para que mi cabeza vuele hasta eso que me dijiste y no pueda concentrarse en absolutamente nada ajeno.
El poder de tus palabras me desconcierta. Me desgarran como cuchillas afiladas atacando directamente mi sistema nervioso, me pongo en blanco, no dejo de pensar en vos, se me acelera el pulso. Y pienso, si tan sólo pusieras en acción todo eso que plasmas con tus palabras ¿Qué sería de mi organismo?

Ver para creer

Sólo puedo escribir de lo que me pasa, de ahí mi falta de ingenio. Últimamente no estoy escribiendo porque no me pasa nada, ni siquiera estoy absorta en alguna monótona y aburrida rutina, todavía no tengo una rutina.
Terminé el secundario hace pocos meses y en un principio me sentí libre, esperanzada, pero luego toda esa libertad comenzó a pesarme en los hombros. No se cómo ser libre, nunca fui libre. No se qué me gusta, ni qué me disgusta. No se qué quiero, ni dónde. No se cómo establecer una nueva rutina que se adapte (lo mínimo e indispensable) a la pila de mandatos y expectativas que tiene la sociedad actual para con los jóvenes. No se nada y se todo.
Bueno ¿qué les importa a ustedes no? La finalidad de este texto catártico es poner algo en palabras, convertir todo lo que deambula en mi cabeza en algo concreto. Llamalo terapia, quizá te parezca una idiotez, pero qué se yo, los humanos tenemos esa manía de comprobar las cosas mediante los sentidos para considerarlas reales. Al asumir algo como real podemos modificarlo.
Quizá ahora pueda volver a escribir.
Quizá ahora pueda escribir sobre algo ajeno a mi persona.
Quizá ahora pueda encontrar un indicio de lo que quiero para mi vida.

domingo, 29 de diciembre de 2013

Ser

Huellas en la arena, pisadas ajenas, desconocidas, únicas.
¿A quién pertenece esa pisada? ¿Cómo es esa persona? ¿Cuántos años tiene? ¿Es mujer o es hombre? ¿Es feliz o está triste? ¿Qué sentido tiene para esa persona estar vivo? ¿Ama a alguien? ¿Es un amor correspondido? ¿Tiene familia? ¿Trabaja más de lo que debería? ¿Es feliz con lo que hace? ¿Será algún conocido? ¿Le gusta leer? ¿Tiene hobbies? ¿Le gusta el chocolate? ¿Va al cine con regularidad? ¿Es un gran fanático del capitalismo o en cierta medida lo rechaza? ¿Qué postura tiene sobre la política? ¿Qué piensa del ministro de economía? ¿Le tiene miedo al futuro? ¿Teme a la muerte o la ansía? ¿Qué observaba mientras caminaba por aquella playa? ¿Dónde estaba centrada su atención al dar esos pasos? ¿Estaba pensando en algo? ¿Tiene preocupaciones? ¿Qué sentía mientras sus dedos y la planta de sus pies se imprimían en la arena fría?
Millones de preguntas sin respuestas. Pasos que se imprimen en la superficie, pasos que demuestran ser la única prueba de la existencia de aquella persona completamente desconocida e inexistente en mi visión del mundo.
Millones de personas desconocidas, conocidas, similares a mi, distintas a mi, adultos, pequeños, mujeres, hombres.
Millones de historias únicas, puntos de vista particulares, encuadres personales sobre la vida y el mundo, otras películas probablemente muy diferentes a la mía. Qué egoísta la subjetividad de la vida humana, tiene su belleza aunque quizá de vez en cuando me gustaría cambiar de proyección.