Un final feliz, eso es lo que realmente ansío y temo asumir. Algo predecible y básico, aburrido para el espectador, sin sorpresas ni despedidas. Un final que sea comienzo, un comienzo que sea historia, una historia que sea digna de recordar, digna de contar. Aprender por las buenas, una caricia que suplante el tan conocido cachetazo del destino. Una palmadita de la vida, un rato de felicidad.
Un destello de esperanza, un miedo que atrofia los músculos y contamina mi precaria estructura mental. Desarmado y reconstrucción, busco demoler aquello que me limita y trato de abrirme paso. Citando aquello que habló Zaratustra "Debes estar preparado para arder en tu propio fuego ¿cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?"
domingo, 23 de marzo de 2014
domingo, 23 de febrero de 2014
Poca paciencia para los trámites
Ayer se me cruzó por la cabeza la idea de que para dejar un hábito o algo que supuestamente tiene importancia en nuestras vidas deberíamos probar lo mejor disponible y después adoptar una postura al respecto. No termino de decidir si me parece una idiotez atómica o si tiene algo de sentido. Todo esto viene a colación debido a que encontré una persona que me interesa y me demostró algo realmente valioso. Entre idas y vueltas llegué a la conclusión de que ya no puedo llevar el mismo ritmo que antes. No por una cuestión de arreglo con esa persona, sino porque no lo siento tan natural como lo sentía hace unos meses. Ya no siento el deseo de estar con cualquier persona a menos que este segura de que eso va a ser un encuentro, en el sentido literal de la palabra. Creo que me hizo ver que algo había cambiado en mi, un destello de luz al final del túnel. No, no me enamoré, sólo me di cuenta de que ya es hora de empezar a tomarme a la gente (y a mí) un poco más en serio. Como buena controladora que soy, di mil vueltas sobre los cambios que experimenté estos últimos meses en mi forma de relacionarme con los hombres y sus consecuencias en mi vida actual, lo que me llevo a vivir lo que denomine "The Last Show"
Llega el sábado a la noche, luego de un viernes realmente complaciente decido salir con algunas amigas. Nos juntamos con un grupo de gente del que forma parte el chico que le interesa a una de ellas, todos entre 19 y 22 años que, para decir verdad, eran números bastante generosos para el espectáculo que atestigüé. Tengo un alto nivel de intolerancia hacia la falsedad con que las personas suelen relacionarse y más aún cuando están en grupo. Para que se den una idea, la conclusión que saqué de esa reunión fue: "esto es un zoológico". Creo que vine fallada, me gustaría que me indemnicen por la cantidad cosas que me perdí debido a lo trucha que soy como adolescente. O quizá debería estar eternamente agradecida (lo estoy). Bueno el tema es que nos fuimos temprano del lugar y como no teníamos nada mejor que hacer, cada una volvió a su casa. En mi cabeza estas últimas semanas había tenido lugar un personaje de mis épocas más ligeras, un veinteañero grandote y carilindo con el que me había encontrado tan solo una vez. Realmente era lo mejor, por lo menos en mi recuerdo (cabe aclarar que estaba en lo correcto). Como los sábados a la noche estoy más expuesta a la experimentación, no tuve mejor idea que comprobar la teoría que cité al principio del texto. Mensaje va, mensaje viene. Al rato me encontraba a punto de comprobar si aquello que creía era cierto, si después de haber vivido lo que creía como "mejor" seguía eligiendo no volver a vivirlo. En este caso, la teoría funcionó perfectamente. Con respeto hacia mí y mis elecciones, con cariño y falsa nostalgia me retiro por tiempo indefinido de ese tipo de encuentro enfermizo que tiene como objetivo llenar vacíos (a veces me asombra la perfección con la que "llenar vacios" hace referencia a lo que pienso).
Fue un trámite más, el último.
Llega el sábado a la noche, luego de un viernes realmente complaciente decido salir con algunas amigas. Nos juntamos con un grupo de gente del que forma parte el chico que le interesa a una de ellas, todos entre 19 y 22 años que, para decir verdad, eran números bastante generosos para el espectáculo que atestigüé. Tengo un alto nivel de intolerancia hacia la falsedad con que las personas suelen relacionarse y más aún cuando están en grupo. Para que se den una idea, la conclusión que saqué de esa reunión fue: "esto es un zoológico". Creo que vine fallada, me gustaría que me indemnicen por la cantidad cosas que me perdí debido a lo trucha que soy como adolescente. O quizá debería estar eternamente agradecida (lo estoy). Bueno el tema es que nos fuimos temprano del lugar y como no teníamos nada mejor que hacer, cada una volvió a su casa. En mi cabeza estas últimas semanas había tenido lugar un personaje de mis épocas más ligeras, un veinteañero grandote y carilindo con el que me había encontrado tan solo una vez. Realmente era lo mejor, por lo menos en mi recuerdo (cabe aclarar que estaba en lo correcto). Como los sábados a la noche estoy más expuesta a la experimentación, no tuve mejor idea que comprobar la teoría que cité al principio del texto. Mensaje va, mensaje viene. Al rato me encontraba a punto de comprobar si aquello que creía era cierto, si después de haber vivido lo que creía como "mejor" seguía eligiendo no volver a vivirlo. En este caso, la teoría funcionó perfectamente. Con respeto hacia mí y mis elecciones, con cariño y falsa nostalgia me retiro por tiempo indefinido de ese tipo de encuentro enfermizo que tiene como objetivo llenar vacíos (a veces me asombra la perfección con la que "llenar vacios" hace referencia a lo que pienso).
Fue un trámite más, el último.
martes, 11 de febrero de 2014
Estaciones
Me quedé semi dormida durante unos minutos esta tarde cuando intentaba relajarme al terminar mi clase de yoga. No tenía tiempo para hacer una siesta por lo que mi cabeza comenzó a luchar contra el cansancio.
En ese estado de consciencia medio obnubilada, me encontré a mí misma en una terminal subterránea, pasaban miles de trenes y personas. Yo dudaba, no sabía a cuál subir ni en qué dirección. En un abrir y cerrar de ojos estaba arriba de un tren con otras personas que estaban completamente ensimismadas, el tren iba relativamente rápido y yo desesperaba por llegar a leer el nombre de las estaciones. Tenía que llegar a una estación puntual, esa información se encontraba grabada en mí pero de a ratos huía de mi consciencia. Lo curioso, viéndolo en retrospectiva, es que las estaciones no eran lugares sino que eran años. Pasaban desordenadamente, las personas se iban bajando en el año que les correspondía, parecía que todos teníamos un número asignado. Vi pasar muchos años tratando de reconocer cuál era el mío 1878, 2011, 1790, 2132, 1420. Decenas de números se sucedían interminablemente, esperé y repentinamente sentí un impulso incontrolable que me empujó fuera del vagón. 1996. Ese es el año de mi nacimiento, mil novecientos noventa y seis.
Este "sueño" duró tan sólo unos minutos, no más de cinco. Tengo la sensación de que no fue simplemente un sueño, yo ya estuve en ese lugar, ya sentí ese impulso, ya me bajé en la estación desconocida y ya me enfrenté a ese "nuevo mundo" que allí me aguardaba.
Hoy casi 18 años después mi atención es captada por la intrascendencia del tiempo, la belleza de lo atemporal, la insignificancia de la muerte, la desaparición de las pulsiones como determinante, la eternidad del alma. Siempre que deseemos va a haber una nueva terminal, con nuevos trenes, nuevos (o ya conocidos) pasajeros, nuevas estaciones y nuevos aprendizajes.
En ese estado de consciencia medio obnubilada, me encontré a mí misma en una terminal subterránea, pasaban miles de trenes y personas. Yo dudaba, no sabía a cuál subir ni en qué dirección. En un abrir y cerrar de ojos estaba arriba de un tren con otras personas que estaban completamente ensimismadas, el tren iba relativamente rápido y yo desesperaba por llegar a leer el nombre de las estaciones. Tenía que llegar a una estación puntual, esa información se encontraba grabada en mí pero de a ratos huía de mi consciencia. Lo curioso, viéndolo en retrospectiva, es que las estaciones no eran lugares sino que eran años. Pasaban desordenadamente, las personas se iban bajando en el año que les correspondía, parecía que todos teníamos un número asignado. Vi pasar muchos años tratando de reconocer cuál era el mío 1878, 2011, 1790, 2132, 1420. Decenas de números se sucedían interminablemente, esperé y repentinamente sentí un impulso incontrolable que me empujó fuera del vagón. 1996. Ese es el año de mi nacimiento, mil novecientos noventa y seis.
Este "sueño" duró tan sólo unos minutos, no más de cinco. Tengo la sensación de que no fue simplemente un sueño, yo ya estuve en ese lugar, ya sentí ese impulso, ya me bajé en la estación desconocida y ya me enfrenté a ese "nuevo mundo" que allí me aguardaba.
Hoy casi 18 años después mi atención es captada por la intrascendencia del tiempo, la belleza de lo atemporal, la insignificancia de la muerte, la desaparición de las pulsiones como determinante, la eternidad del alma. Siempre que deseemos va a haber una nueva terminal, con nuevos trenes, nuevos (o ya conocidos) pasajeros, nuevas estaciones y nuevos aprendizajes.
viernes, 31 de enero de 2014
Cortocircuito
Una oración. Un conjunto entrelazado de letras es todo lo necesario para que mi cabeza vuele hasta eso que me dijiste y no pueda concentrarse en absolutamente nada ajeno.
El poder de tus palabras me desconcierta. Me desgarran como cuchillas afiladas atacando directamente mi sistema nervioso, me pongo en blanco, no dejo de pensar en vos, se me acelera el pulso. Y pienso, si tan sólo pusieras en acción todo eso que plasmas con tus palabras ¿Qué sería de mi organismo?
El poder de tus palabras me desconcierta. Me desgarran como cuchillas afiladas atacando directamente mi sistema nervioso, me pongo en blanco, no dejo de pensar en vos, se me acelera el pulso. Y pienso, si tan sólo pusieras en acción todo eso que plasmas con tus palabras ¿Qué sería de mi organismo?
Ver para creer
Sólo puedo escribir de lo que me pasa, de ahí mi falta de ingenio. Últimamente no estoy escribiendo porque no me pasa nada, ni siquiera estoy absorta en alguna monótona y aburrida rutina, todavía no tengo una rutina.
Terminé el secundario hace pocos meses y en un principio me sentí libre, esperanzada, pero luego toda esa libertad comenzó a pesarme en los hombros. No se cómo ser libre, nunca fui libre. No se qué me gusta, ni qué me disgusta. No se qué quiero, ni dónde. No se cómo establecer una nueva rutina que se adapte (lo mínimo e indispensable) a la pila de mandatos y expectativas que tiene la sociedad actual para con los jóvenes. No se nada y se todo.
Bueno ¿qué les importa a ustedes no? La finalidad de este texto catártico es poner algo en palabras, convertir todo lo que deambula en mi cabeza en algo concreto. Llamalo terapia, quizá te parezca una idiotez, pero qué se yo, los humanos tenemos esa manía de comprobar las cosas mediante los sentidos para considerarlas reales. Al asumir algo como real podemos modificarlo.
Quizá ahora pueda volver a escribir.
Quizá ahora pueda escribir sobre algo ajeno a mi persona.
Quizá ahora pueda encontrar un indicio de lo que quiero para mi vida.
Terminé el secundario hace pocos meses y en un principio me sentí libre, esperanzada, pero luego toda esa libertad comenzó a pesarme en los hombros. No se cómo ser libre, nunca fui libre. No se qué me gusta, ni qué me disgusta. No se qué quiero, ni dónde. No se cómo establecer una nueva rutina que se adapte (lo mínimo e indispensable) a la pila de mandatos y expectativas que tiene la sociedad actual para con los jóvenes. No se nada y se todo.
Bueno ¿qué les importa a ustedes no? La finalidad de este texto catártico es poner algo en palabras, convertir todo lo que deambula en mi cabeza en algo concreto. Llamalo terapia, quizá te parezca una idiotez, pero qué se yo, los humanos tenemos esa manía de comprobar las cosas mediante los sentidos para considerarlas reales. Al asumir algo como real podemos modificarlo.
Quizá ahora pueda volver a escribir.
Quizá ahora pueda escribir sobre algo ajeno a mi persona.
Quizá ahora pueda encontrar un indicio de lo que quiero para mi vida.
domingo, 29 de diciembre de 2013
Ser
Huellas en la arena, pisadas ajenas, desconocidas, únicas.
¿A quién pertenece esa pisada? ¿Cómo es esa persona? ¿Cuántos años tiene? ¿Es mujer o es hombre? ¿Es feliz o está triste? ¿Qué sentido tiene para esa persona estar vivo? ¿Ama a alguien? ¿Es un amor correspondido? ¿Tiene familia? ¿Trabaja más de lo que debería? ¿Es feliz con lo que hace? ¿Será algún conocido? ¿Le gusta leer? ¿Tiene hobbies? ¿Le gusta el chocolate? ¿Va al cine con regularidad? ¿Es un gran fanático del capitalismo o en cierta medida lo rechaza? ¿Qué postura tiene sobre la política? ¿Qué piensa del ministro de economía? ¿Le tiene miedo al futuro? ¿Teme a la muerte o la ansía? ¿Qué observaba mientras caminaba por aquella playa? ¿Dónde estaba centrada su atención al dar esos pasos? ¿Estaba pensando en algo? ¿Tiene preocupaciones? ¿Qué sentía mientras sus dedos y la planta de sus pies se imprimían en la arena fría?
Millones de preguntas sin respuestas. Pasos que se imprimen en la superficie, pasos que demuestran ser la única prueba de la existencia de aquella persona completamente desconocida e inexistente en mi visión del mundo.
Millones de personas desconocidas, conocidas, similares a mi, distintas a mi, adultos, pequeños, mujeres, hombres.
Millones de historias únicas, puntos de vista particulares, encuadres personales sobre la vida y el mundo, otras películas probablemente muy diferentes a la mía. Qué egoísta la subjetividad de la vida humana, tiene su belleza aunque quizá de vez en cuando me gustaría cambiar de proyección.
¿A quién pertenece esa pisada? ¿Cómo es esa persona? ¿Cuántos años tiene? ¿Es mujer o es hombre? ¿Es feliz o está triste? ¿Qué sentido tiene para esa persona estar vivo? ¿Ama a alguien? ¿Es un amor correspondido? ¿Tiene familia? ¿Trabaja más de lo que debería? ¿Es feliz con lo que hace? ¿Será algún conocido? ¿Le gusta leer? ¿Tiene hobbies? ¿Le gusta el chocolate? ¿Va al cine con regularidad? ¿Es un gran fanático del capitalismo o en cierta medida lo rechaza? ¿Qué postura tiene sobre la política? ¿Qué piensa del ministro de economía? ¿Le tiene miedo al futuro? ¿Teme a la muerte o la ansía? ¿Qué observaba mientras caminaba por aquella playa? ¿Dónde estaba centrada su atención al dar esos pasos? ¿Estaba pensando en algo? ¿Tiene preocupaciones? ¿Qué sentía mientras sus dedos y la planta de sus pies se imprimían en la arena fría?
Millones de preguntas sin respuestas. Pasos que se imprimen en la superficie, pasos que demuestran ser la única prueba de la existencia de aquella persona completamente desconocida e inexistente en mi visión del mundo.
Millones de personas desconocidas, conocidas, similares a mi, distintas a mi, adultos, pequeños, mujeres, hombres.
Millones de historias únicas, puntos de vista particulares, encuadres personales sobre la vida y el mundo, otras películas probablemente muy diferentes a la mía. Qué egoísta la subjetividad de la vida humana, tiene su belleza aunque quizá de vez en cuando me gustaría cambiar de proyección.
sábado, 28 de diciembre de 2013
Silencio
Que triste esa sensación de que jamás las palabras van a poder expresar aquello que vivimos, aquello que sabemos o eso con lo que soñamos. La racionalidad se ve tremendamente opacada por los sentidos, se que no voy a poder decir todo lo que pienso, se que faltan palabras para que aquello que quiero transmitir adquiera su verdadero significado, pero no puedo. No puedo resignarme a no pensar, a no matarme tratando de expresar correctamente el mundo que me rodea, tengo la cabeza muy entrenada, todo debe ser procesado por el filtro de la mente. Eso me da seguridad. Mi mente es terreno conocido, se que domino todo lo que se encuentra en ella, se que jamás algo va a pasar desapercibido y quizá eso es lo que necesito. No pensar, si tan solo fuera un poco más sencillo el hecho de poder vivir sin que absolutamente todo sea interpretado por mi mente sería más feliz. No puedo describir lo que es la felicidad, no quiero reducirlo a una simple acumulación de letras, pero se que en algún momento la sentí. Sentí cuán maravilloso era poder callar mis pensamientos aunque sea un ratito. Necesito eso, pero no me sale, algo me traba. Necesito silencio, oscuridad, paz, pero solo obtengo más y más planteos. No hay límite para la mente, pero el cansancio es completamente agobiante. Hoy, sábado a las 3am, digo basta.
"Overthinking is the 'art' of creating problems that weren't even there"
"Overthinking is the 'art' of creating problems that weren't even there"
viernes, 27 de diciembre de 2013
93
93 años tenía mi bisabuela. Falleció anoche mientras dormía en su anticuada cama. No se mucho sobre ella a pesar de haber tenido 17 años para compartir juntas.
Fortuna enterró a sus dos hijos, siguió hasta el último de sus días cocinando, lavando y planchando. Su cabello blanco alborotado se erizaba cada vez que milagrosamente iba a visitarla.
"Qué grande que estás Abrilita ¿cuántos años tenes?" me preguntaba en esos pocos ratos que compartíamos
Me gustaría escribir más sobre ella, pero sería ficcionalizar demasiado los acontecimientos y aunque la realidad siempre tenga impresa algo de ficción, en este caso prefiero abstenerme.
Sin tristeza pero con melancolía, escribo para inmortalizar la gran fortaleza de esa mujer a la que quizá me hubiera gustado conocer un poco más. Casi un siglo de anécdotas y recuerdos perdidos, hechos cenizas.
Fortuna enterró a sus dos hijos, siguió hasta el último de sus días cocinando, lavando y planchando. Su cabello blanco alborotado se erizaba cada vez que milagrosamente iba a visitarla.
"Qué grande que estás Abrilita ¿cuántos años tenes?" me preguntaba en esos pocos ratos que compartíamos
Me gustaría escribir más sobre ella, pero sería ficcionalizar demasiado los acontecimientos y aunque la realidad siempre tenga impresa algo de ficción, en este caso prefiero abstenerme.
Sin tristeza pero con melancolía, escribo para inmortalizar la gran fortaleza de esa mujer a la que quizá me hubiera gustado conocer un poco más. Casi un siglo de anécdotas y recuerdos perdidos, hechos cenizas.
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Peatón
El caminaba con tanta soltura que me enamoré. Enfundado en un traje que parecía de muy buena calidad, el hombre de no más de 30 años daba pasos sutiles con su maletín en la mano derecha y los auriculares puestos. Lo vi de atrás, tan solo compartí media cuadra, pero pude leerlo a través de su cuerpo. La camisa clara entallada, combinada con un pantalón negro y zapatos en punta le otorgaban un aspecto serio, digno de respetar, pero lo que me llamó la atención fue la forma en que se deslizaba por la calle, como si todo fuera ajeno. Rozando pero no atravesando, adaptándose al ambiente y amoldándose al oxígeno que lo rodeaba. Sólo pude fantasear, nunca vi su cara.
Señor desconocido, espero que algún día la vida vuelva a cruzarnos, Abril.
Señor desconocido, espero que algún día la vida vuelva a cruzarnos, Abril.
Tic Tac Tic Tac
No me detengo a observar detalladamente el paso del tiempo, no soy plenamente consciente de que cada minuto que pasa el sol se va corriendo para darle paso a la luna en un loop eterno llamado 'el correr de los días'. Corren, corren, corren. Segundos, minutos, horas, días, meses, años. No me paro en el medio de la calle y me fijo donde esta el sol, si hay una nube cubriéndolo o si brilla en su máximo esplendor. No me detengo a ver la luna aparecer y desaparecer. No me detengo a vivir el paso del tiempo. Nunca freno, excepto en los finales.
El atardecer, esa última exhalación con el sol frente a mis ojos perdiéndose en la inmensidad del Mar Atlántico, esa despedida que pone en evidencia el correr de las horas y los días, esa pérdida que melancólicamente sucede una vez más.
Que desesperante ver que algo se va para dar cuenta de su valor. Que agudo el dolor de la pérdida.
Que agradable el minuto a minuto sentido, la consciencia que permite el disfrute, el presente.
Sin apegos, sin rencores, tan sólo memorias me despido hoy, una vez más de mis creencias y más profundos deseos para vivir ahora esta situación que permite estar acá y no allá. Por algo será.
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